domingo, julio 10, 2011

Postales desde el país que casi existe. Parte 2

Qué difícil resulta definir tu identidad si no haces una suma de recuerdos y adscripciones.

¿Quién soy para hablar de estos males? Soy yo el hijo de una secretaria que migró de una mina de Potosí hacia La Paz a fines de los años 70 y soy el chico que ha estudiado en colegios mediocres obteniendo notas bastante mediocres, en un contexto donde la mediocridad es casi una virtud. Si ese soy yo, y eso significa, que probablemente es una buena deducción pensar que odio a los Jailones porque nunca, pero nunca, podré ser uno de ellos. En honor a la verdad, no creo que esa sea la respuesta correcta ya que vivimos en un mundo y especialmente, un país difícil de comprender.

Cuando yo era niño e iba –estrictamente- a la Escuela República de México con pantalón azul, camisa blanca, corbatín azul y mandil blanco, pensábamos que los jailones eran los de la Subespecie que podían pedir un robot a pilas y se los daban en la siguiente navidad y que en invierno lucían coquetos sacos azules de paño inglés y que estudiaban en un colegio católico con nombre de santo que estaba a la vuelta de mi escuelita. Al final de cuentas y pasados los años, escucho decir que los jailones no existen y que esta “construcción identittaria” se le asigna a cualquier persona con actitud arrogante, indiferentemente de su capacidad adquisitiva.

Cosa difícil de saber, sobre todo porque tengo la certeza que la plata no hace mala a la gente, así como que tampoco la hace buena. A mi no me parece que los chicos de ese colegio fueran unos tipos perversos, total, que cualquiera que hubiese ido a los mismos tilines que nosotros en la vieja calle pichincha, nos hubieran mirado con asco y se hubiesen reído de nosotros al vernos con los guardapolvos eternamente mugrosos y sorbiéndonos los mocos que nos colgaban hasta la boca, mientras masticábamos naranjas peladas y plátanos, viéndoles jugar Pac Man.

Uno aprende las cosas tal como las va viendo y escuchando, esto no es ajeno para cualquiera que tenga sentido común, pero siendo niño todo es tan sencillo o tan confuso, que sólo queda actuar de la forma más obvia: es decir con vergüenza. Sin saber por qué, ser pobre era una vergüenza, pero ser pobre y ser indio, era más vergonzoso aún. Así que bien podría estar congratulándome de que mi círculo social era de ese “blancos” tan pobres que por inercia ya se convierten en medio indios.

Más adelante, finalmente descubriría que no soy blanco aunque tampoco soy indígena y sería fácil decir que uno es mestizo y ya, pero a menudo me pregunto y siento como este que ha sido educado a ver el mundo y sus formas, que ha aprendido a sentir el mundo y sus caricias y golpes, será tan racista cómo los que desprecia. La colonia vive aquí adentro y no basta con reconocerlo y ya. Una vez me han dicho que escoja un apellido indígena el cual debería llevar de por vida y presentarme a la gente como tal, pero dada la dificultosa situación, me quede en un silencio prolongado (que dura hasta hoy) y tuve vergüenza de las cosas que pasaban por mi mente al plantearme dicha situación.

El silencio continua y es una cuestión de conveniencia. Si somos honestos, hay que decir que uno sabe que hay cosas peores, por ejemplo: tener un apellido indígena. Mi amigo Benedicto Mayta lo sabía muy bien.

"Apuntes desde el tercer mundo o esos días en los que uno iba aprendiendo mierda en la escuela."

Un día, una crisis de ira atacó súbitamente a mi profesor de inglés que arremetió su furia contra mi compañero de curso Benedicto Mayta, que a pesar de sus esforzados intentos, no llegaba a pronunciar correctamente (y con la elegancia que el profesor exigía) la palabra “Tomorrow”.

Después de zarandearlo violentamente frente al pizarrón llamándolo estúpido, sonso, imbécil y otras cosas peores, le encajó tres cocachos gritándole cada sílaba de la mencionada palabra: “TU-MO- RROU”. En principio, asociábamos esta escena con aquella que se repetía infinitamente en la archifamosa serie mexicana el Chavo del 8, en la que Don Ramón le propina al Chavito un sonoro coscorrón gritándole ¡Toma! y este se va llorando diciendo pi-pi-pi-pi.

Por esta razón -y por esa especie de “inocente” crueldad que todo rapaz de menos de diez años abriga en lo profundo de su ser - no hacíamos otra cosa que matarnos de risa ante el grotesco espectáculo que soportaba estoicamente el pobre Benedicto agachando la cabeza, mirando la suciedad de sus uñas y derramando unos gruesos lagrimones que estallaban silenciosamente en el suelo de cemento. Algunos otros se reían porque el profesor ridiculizaba la forma como el Benedicto hablaba , exagerando las entonaciones aymaras de su escaso vocabulario castellano.

Así, cuando este espectáculo parecía llegar a su fin, un sopapo retumbó con su eco en todo el curso y la cosa cambió drásticamente. La tremenda bofetada que le propinó el profe al Benedicto ya no era graciosa ni siquiera para nosotros que éramos una banda de mocosos ignorantes que se reían de todo y de nada. De pronto empezamos a sentir miedo de que al profesor se le esté yendo la mano y que cualquiera de nosotros pueda ser el próximo en recibir un bofetón; el Yamil Quiroga se hizo pis en el asiento. Un riachuelo proveniente de su asiento lo delató y o pasaron ni dos segundos antes de que el gordo Roberto Luna empiece a gritar señalándolo con el dedo ¡se ha hecho pis, se ha hecho pis! Todos fuimos a ver al Yamil que se tapaba la cara mientras nos pusimos a gritar en coro y rítmicamente ¡Se ha hecho pis, Se ha hecho pis, se ha hecho pis! Pobre Yamil, se había pegado un susto tan terrible por el sopapo del profesor que se hizo pis de puro miedo y con esto, salvó al Benedicto de unos cuantos minutos más de humillación pública.

4 comentarios:

Jaume Fernández dijo...

Buenas noches (lo son en España). Acabo de leer "Postales desde..."y me recuerda tremendamente a una película europea que trata el tema del bulling o acoso escolar extremo. Salí de verla algo confuso pq no me indignaron los maltratadores sino el hecho de que en Sudán, dónde no hay apenas escuelas,los niños no pueden permitirse el lujo de achacar su miseria al bulling que padecieron.
"Nuestro país es un mendigo durmiendo en un barril de oro” es una frase que citas en tu siguiente post. Sólo por ello vale la pena leerlo. Además es un mendigo que padece de una narcolépsia incurable. Nunca sabemos lo agradecidos que debemos estar de dormir en un colchón.
Un gran saludo desde el país de Iñaki Gabilondo.

Perro con Rabia dijo...

Que tal Jaime! gracias por visitar y comentar en el Blog. En realidad, la educación en mi país es una institución bastante verticalista y en verdad, esta serie intenta reflejar un poco las grandes mentiras que nos inculcan sobre nuestro país y nosostros mismos, eso aparte se hacen varias lecturas de ello.
Saludos a ese país, que era el país de mi abuelo por parte de Madre: (el país vasco)

Perro con Rabia dijo...

Que tal Jaime! gracias por visitar y comentar en el Blog. En realidad, la educación en mi país es una institución bastante verticalista y en verdad, esta serie intenta reflejar un poco las grandes mentiras que nos inculcan sobre nuestro país y nosostros mismos, eso aparte se hacen varias lecturas de ello.
Saludos a ese país, que era el país de mi abuelo por parte de Madre: (el país vasco)

Edu dijo...

Es una reflexión necesaria la que practicas, ¿hay autores contemporáneos que se metan en estos terrenos? Si tienes alguna referencia, avisame hermano.