martes, abril 30, 2013

Los cuadernos del Subdesarrollo 1. El Trabajo



Bien, ya que nadie lee mi blog, lo voy a usar como un “diario retrospectivo” si tal término se puede utilizar a los recuerdos ordenados hacia atrás. Total que a un par de días de estar completamente desempleado y desamparado, en este salvaje mundo del consumo, hay que buscarse una actividad que nos mantenga un poco la cordura y el optimismo.
Mi señora madre, que trabaja en una repartición estatal desde 1981, es decir treinta y dos años, me dijo que lo más duro de su trabajo en todos estos años, era saber que nunca más podría estar en la calle de 8 a 12 y de 2 a 6. En pocas palabras, uno tiene que pedir permiso para salir del edificio, llenar una boleta, dejarla al jefe de personal con el debido cuidado de explicar bien el motivo de tu salida. Si dices que vas al doctor, entonces debes poner cara de enfermo. Si dices que vas a pagar una factura atrasada, entonces debes poner cara de preocupado. Si dices que vas a solucionar un problema familiar, cara de desesperado. Las caras se pueden combinar, según el pretexto, entonces, la gran conclusión es que hay pocas cosas más importantes que el trabajo, aunque no siempre parece así.
Para ciertas personas, como mi madre por ejemplo, las vacaciones son otra cosa, no cuentan cómo tiempo libre. Cuentan cómo tiempo afuera del edificio y adentro de la casa, lo cual no deja de ser otro trabajo: limpiando la cocina, cosiendo ropa, lustrando el piso, bordando manteles, aceitando las puertas para que no rechinen avisando que mi papá ha llegado borracho y que anda buscando una botella de singani en el refrigerador.
Entonces, para personas como mi señora madre, la vida siempre está dentro de algún lugar con paredes y techo y para personas como mi padre, la vida está muchas veces al aire libre o a veces adentro de una botella.
Mi papá es mecánico y a veces le da por beber un poco, pero es porque es parte de su trabajo. Mi papá es un buen tipo y tiene un buen trabajo. El no lo dice, pero si lo dijera, si agarraría y cuando todos le estamos diciendo que es un borracho, el nos dijera “yo soy un buen tipo, tengo un buen trabajo y beber es parte de mi trabajo” seguro que nos callaríamos y nos iríamos a ver las noticias en la tv para reírnos de los borrachos.
Mi papá tiene una fosa en pleno patio. La fosa tiene graditas y el estaciona los autos encima de la fosa y baja las graditas. Se remanga la camisa y empieza a entornillar desentornillar cosas por aquí y por allá. Después sale todo negro y lleno de aceite, busca unos engranes, unas ligas (que el siempre me corrige diciendo que son correas de no sé qué) y luego sube al motor y después pone cara de doctor. Según la dificultad, los dueños de los autos lo vienen a buscar.
Llámele a su papá, me dicen desde la calle cuando abro la ventana para ver quién toca el timbre. ¡No está! yo les respondo, aunque mi papá esté. Si hago esto, es porque no me gusta como la gente trata a mi papá. La gente es una mierda. La gente sabe que mi papa tiene una fosa en el patio a la que entra todos los días y ni así se les ocurre pensar que los únicos que entran a las fosas todos los días, son los muertos y mi papá. Entonces, como no sentirse mal cuando uno lo ve entrar a la fosa y se imagina su muerte, su entierro, las flores, las plañideras, lo difícil que será escribir su nombre en el estuco fresco con la ramita de una flor marchita de otra tumba que una vieja comedida me pasará mientras mis hermanos se abrazan, porque claro, esa es la tarea del hijo mayor, escribir el nombre y la fecha de muerte del difunto. Lo malo, es que nos llamamos igual. Entonces, yo también habré muerto un poco al terminar de escribir nuestro nombre: ¿cómo se sentirá?
Dicen que con el tiempo la gente se acostumbra a todo, como por ejemplo, que tu viejo se llame igual que vos, pero esas son macanas, yo no me acostumbro.
Voy a escribir un poco de mi primer trabajo, pero lo haré mañana, porque mi jefe ya me ha mirado feo y me ha dicho que ya es hora de desocupar la oficina. Me alegra irme de aquí, esta oficina y esta ciudad son muy frías. La secretaria dice que la oficina parece un nicho, una fosa, pero bueno, de repente todos morimos un poquito cada día.
Hasta mañana.

martes, diciembre 04, 2012

Rocky en los Andes (Mi primer Pollo Copacabana)


Ilustración: José Villanueva Criales

Recuerdo haber comido mi primer Pollo Copacabana, una noche de octubre del 85 en la calle Comercio. Lo que pasa es que mi tío era trompetista en una orquesta de cumbias que se llamaba “Los reyes del Swing” y ustedes dirán ¿eso qué carajo tiene que ver con los Pollos Copacabana y yo les diré que se esperen un rato. Iba en que la cosa es que mi tío Freddy, el trompetista, medía casi dos metros y aquí en La Paz, por ese entonces, medir casi dos metros, equivalía a ser un monstruo o algo así. El hipertiroidismo que sufría mi tío, también lo había vuelto medio robusto y desgarbado, así que verlo andar por las calles, era todo un espectáculo. La gente se hacía a un lado o lo miraban boquiabierto;  las cholitas se persignaban y les pellizcaban a sus wawas para que lloren y chillen y espanten a mi pobre tío, que sin embargo, era un tipo con una autoestima altísima, porque antes de ser trompetista era boxeador, y disfrutaba que la gente le tenga miedo y lo admiren: Peor sería ser un enano de circo chileno, decía mi tío, y creo que tenía razón.
En colegio, siendo niño aun, ya era grandote, y según cuenta mi papá, el tío Freddy era un abusivo que le pegaba a todo el mundo. Quisieron expulsarlo muchas veces, pero no podían hacerlo porque el director del Colegio, el Padre Iscariotti, lo amaba, ya que el tío Freddy había sido en su infancia, el Monaguillo estrella del Don Bosco y decía que si la gente iba a misa, era solamente para verlo enfundado en su sotana, tocando la campanilla y cargando el Calíz con las Hostias. Entonces, por puro agradecimiento no lo botaban del Cole. El profe de Educación Física, creyendo que podría usar suestatura de Titan y su fuerza prodigiosa, lo llevó a la Asociación Paceña de Boxeo para que entrene y participe en el torneo local. El tío me contó que ese tiempo fue bueno, porque salió campeón departamental y luego nacional, bueno, eso dice él. También me contó que la gente lo aclamaba, que muchas veces intentaron cargarlo en hombros, pero que al rato dejaban de intentar porque tenían miedo de morir aplastados. Hasta que una mala noche, un peruano más grande que él, vino a terminar con su meteórica carrera pugilística, cuando lo noqueó en el tercer round y que lo poco que se acuerda de la pelea esa noche, eran las luces que giraban y giraban sin que nadie pudiera detenerlas y que después despertó en el hospital, con la abuela llorando a lado de su cama. Sucede que el uppercut que le había metido el peruano, le provocó una conmoción cerebral y una fractura en el cuello que casi lo mata y que por suerte, sólo lo dejó en cama por un par de meses y ahí, en la convalecencia, es donde justamente aprendió a tocar la Trompeta.
Parece que lo del tío era la trompeta y la movida tropical, porque después de muchos años dándole a la soplada, se volvió un eximio de su instrumento y un buen día, hasta se puso a componer canciones. Cuando lo contrataron en “Los reyes del swing” fue el día más feliz de su vida. En la orquesta fue donde conoció a su esposa (una de las coristas) y ahí bailando en los matrimonios y prestes, tocando la trompeta se lo veía Feliz. El me enseñó a bailar cumbia una noche de navidad y su canción favorita era un merengue que se llamaba “Volveré”
Una noche de octubre, no recuerdo exactamente el día, vino a decirme que le acompañe al cine: quería ver Rocky IV en el Cine Universo. Después de rogarle a mi madre que me deje ir, nos abrigamos y cruzamos las ocho cuadras que nos separaban del cine, rezando para poder encontrar entradas.
Cuando llegamos, nuestras esperanzas se fueron al suelo. El cine estaba hirviendo en medio de una masa iracunda que amenazaba con echar abajo las puertas del cine. Era el último día de exhibición, después de tres exitosos meses en cartelera y con público lleno a diario. Deambulamos en medio del caos preguntando ingenuamente si habían entradas. Nadie nos respondió. En eso llegó la cana en una patrulla “Ford Falcón” pintada de blanco y negro, de donde descendieron cuatro policías que empezaron a repartir carajos y después a golpear a todo el mundo con sus bastones, para que formaran una sola fila.
Yo me dije a mi mismo que ya no había nada que hacer y que volveríamos a casa si haber visto la peli, pero el tío Freddy, astuto como era, agarró a un par de adolescentes que estaban llorando porque habían perdido a su hermanito en el tumulto, les encajó un billete de cien mil pesos y les arrebató un par de entradas. Nos formamos casi al final de la fila y entramos de puro milagro en la penúltima fila de platea, después, vi que había gente parada en los pasillos y, al final, la policía también entró a ver la película.
Cuando apagaron la luz, la gente empezó a silbar y a zapatear porque la pantalla se quedó oscura mientras el audio estaba corriendo. Nosotros también nos pusimos a gemir y zapatear. Unos segundos después, se hizo la luz y aparecieron las imágenes. Primero pasaron una publicidad de Seven Up: una rubia en traje de baño, se lanzaba a una piscina llena de Seven Up y cubos de hielo gigantes que flotaban en la fantasmal piscina que estaba en medio de un desierto de arena blanca. El traje de baño de la rubia también era blanco y en los días de chaki, esa publicidad se me viene a la mente, más por la Seven Up que por la Choca, o bueno, no lo sé, tal vez es por las dos cosas.
Después de pasar la publicidad de las próximas películas en cartelera, unas pelis re viejas de Bud Spencer y Trinity, pasaron un documental aburridísimo de “El espejo de Alemania” sobre la industria metalúrgica alemana y no sé qué cuentos chinos y finalmente, empezó la pelí.
Creo que desde ese día, no he tenido esa sensación de euforia otra vez. Cuándo Apolo Creed murió, hubo silencio y desesperanza total y hasta se escucharon algunos gimoteos histéricos por aquí y por allá. Pero la esperanza del público, regresó cuando vimos a Rocky entrenando en la nieve con el borracho del Pauli, dejando perplejos a los mismísimos agentes de la KGB que vanamente los perseguían por la fría tundra soviética que seguro ha inspirado a Tolstoi y Dostoievski yaaaaaa. Bueno, la gente aplaudía, cerraban los puños y acompañaban a Rocky en el esfuerzo, mientras que el tío Freddy miraba quieto e hipnotizado agarrándose muy fuerte a su asiento. Cuándo el ruso aparecía en alguna escena, la gente se ponía a silbar, gritándole ¡maricón! y otras cosas peores.
Para qué describir cómo reaccionó la gente durante la escena de la pelea; fue el paroxismo total. El público miraba de pie, por eso me tuve que parar. Los grandes subían a los chicos a sus hombros, gritaban y agitaban las manos parodiando los puñetazos. Acompañamos el conteo final al unísono y en coro. Cuando el referee le levantó los brazos a Rocky en señal de victoria, nos abrazamos entre todos y empezamos a corear y gritar el nombre de nuestro campeón hasta quedarnos afónicos.
Al final, Rocky ganó, Drago se rebeló, Gorbachov se emputó, pero no le quedó otra que reconocer la superioridad de los americanos… al igual que todo el público ruso, que aplaudió caballerosamente a Rocky, igual que nosotros al abandonar la sala con el corazón feliz y satisfecho.
Al salir del cine, mi tío se puso a hacer ejercicio y lamentó el hecho de que con la cantidad de nieve que tenemos en las montañas, no haya un buen boxeador como Rocky. Después de revisar su billetera, me dijo que vayamos a comer unos pollos a la broasted bien deliciosos que habían abierto recién por la Calle Comercio, y que eran los pollos campeones de la ciudad. Al llegar vimos a la misma multitud que en el cine, pero como merecíamos festejar la victoria de Rocky y sobre todo, como el olor de los “Pollos Copacabana” nos había llegado al alma, hicimos fila estoicamente durante una hora, corriendo el riesgo de que se acaben los pollos. El esfuerzo, bien valió la pena.
¿Qué decir? Tal vez ha sido uno de los días más felices de mi vida y por eso lo recuerdo tan bien. Ese olor de Pollos Copacabana me ha acompañado casi toda la vida y me recuerda a mi tío Freddy y su recuerdo se me mete al alma, tal vez no suena muy bonito que se diga, pero es así.
Cuando mi papá murió, nos cambiamos de casa y dejé de ver al tío Freddy. La última vez que hablamos, fue una navidad tres meses antes de que muera.
Cuándo mi vieja volvió del velorio de mi tío Freddy, me contó lo que había sucedido. Me dijo que hace un par de noches, mi tío estaba bebiendo en su casa con unos amigos que eran policías. Los vecinos le habían contado que al parecer estaba tan borracho, que se puso a discutir agriamente con uno de los policías al cuál le gritaba e insultaba. Este policía – el dueño del arma-  confesó que lo desafió a mostrar su valor jugando a la “Ruleta Rusa”: una sola bala en el tambor y al que le toque le toca. Uno de mis primos, me contó que tuvieron que limpiar su seso de las paredes y que desde entonces, ya nadie vive en esa casa porque escuchan ruidos y que una que otra madrugada, escuchan algunas melodías en la trompeta bien afinada del tío Freddy en uno de los cuartos.
Bueno, tal vez terminé la historia en otro lugar, pero esa fue la primera vez que comí un Pollo Copacabana.

miércoles, octubre 31, 2012

La alegría de mis muertos

CADAVER "Caro Data Vermibus" (Carne Dada a Gusanos)
Era rubia y pecosa. También era alta y un poco encorvada, y eso, no impedía que uno note su cuerpo bien formado y sus  bonitos dientes, que por lo tanto le daban una hermosa sonrisa que brillaba y con la cual, encantaba a propios y extraños. Sus ojos eran verdes grisáceos y siempre estaban tristes. Tristes como el final de las tardes cuando dejaba de mirarla desde la lejanía de la ventana de mi curso y ella, parada en la puerta del colegio, tomaba el brazo de su mamá y subía a su auto, marchándose entre la multitud de colegiales.
Su papá tenía fama de ser un mal tipo. Dicen que al que intentaba acercarse a su hija, lo corría a sopapos y patadas. Su mamá nunca decía nada porque siempre estaba ocupada riendo y riendo con Mariel. Así se llamaba ella: Mariel.
Siempre rodeada de adolescentes infectadas de acné que devoraban papás fritas en bolsas irritantemente ruidosas, Mariel caminaba tomando el sol en el patio. Algunas chicas le tenían envidia, aunque se medían bien en no demostrarla. A otros chicos les daba asco la mancha morada que tenía en la sien, y yo, simplemente tenía ganas de hablar con ella largo rato, aunque no tenía una idea de que podría decirle. Tal vez me empezó a gustar cuando supe que ella se iba a morir.
Podría decirse que me perturbaba la idea de que alguien que conozca muera, pero yo apenas sabía su nombre y que estaba un grado encima de mí.
Pensándolo bien, tampoco era "tan poco" lo que sabía de ella. Gracias a un “Slam” supe que le gustaban los New Kids on The Block y Michael Jacksón; que su color favorito era el verde; que no era de mi equipo de mi futbol; que su sueño más grande era conocer Disneylandia; que odiaba las clases de química; que no tenía novio y que le gustaban los chicos rubios, altos y sinceros.
Uno de tres no está mal, decía yo en mis adentros mientras -sentado en el baño- me alegraba de ser sincero y miraba las cosas tan extrañas que la gente le escribía en el diario que le robé a su mejor amiga, aprovechando que estaban en clases de gimnasia. Ahí leí por primera vez esa palabra que se repetía con alguna frecuencia: Leucemia.
Había muchachos de todas las edades que la querían mucho y en los recreos la buscaba para darle regalos o invitarle cosas. Una noche, a la hora de la cena, he preguntado que era la Leucemia y mi mamá se persignó al escuchar la palabra. Después de mucha insistencia, me dijo que era una enfermedad terminal y que no tenía cura. Lo recuerdo bien, porque enn ese momento supe que estaba enamorado.
Yo la miraba hipnotizado desde la ventana de mi curso, igual que todos los miércoles y viernes en las que ella salía media hora antes que yo. Los lunes, martes y jueves, la miraba desde la esquina del colegio y podría jurar que ella también me miraba cuando pasaba en el auto de su papá.
Me quedé atolondrado cuando Mariel me saludó. Yo estaba en la dirección del Colegio buscando una citación, que en realidad era un castigo, por decirle “papanoel” a la gorda de filosofía que estaba estrenando un traje Rojo que le quedaba como carpa de circo. Vi a su mamá que hablaba con el secretario sobre el tratamiento de Mariel. Como siempre fantasiaba con ese momento en el que finalmente hablaríamos, le respondí el saludo como si la conociera de toda la vida. Claro que sentía un inmenso vacío en la panza que de momento en momento se convertía en el loco aletear de las maripositas cursis esas que dice que aparecen. Por ese entonces mi apariencia era la de un perfecto mamarracho, mejor dicho: siempre he sido un perfecto mamarracho y como no tenía la más mínima esperanza de que algún día Mariel me haga caso, me dejó de importar eso de lavar mi camisa que debió ser blanca en un pasado remoto y que ahora era de un color indefinido. No me importaba mi corbata guinda que estaba cortada con tijeras en forma de hombresitos de papel que se deshilachaba cada día más, y menos importancia le daba al hecho de que mi pantalón gris de tela, siempre estaba con manchas de tinta de todos los colores.
Mis profesores se cansaban de enviarme al psicólogo. Al final, sólo me importaba estar escuchando música con audífonos y no molestar a nadie. En el cole, todos pensaban que estaba deprimido o algo peor. Todo eso lo sabía Mariel; lo sabía porque después de saludarla se me quedó mirando y riendo. Use todo mi carisma para contarle que no estaba loco ni que era un cochino, sino que simplemente odiaba el colegio.
Hablamos más de media hora sin importar la gente que pasaba y repasaba. Entonces, me dijo una de las cosas más extrañas que jamás alguien me haya dicho. Viendo que su madre estaba finalizando su conversación con el secretario, le pedí su teléfono y ella me lo dio advirtiéndome que sus papás no le comunicaban con nadie y peor si era un chico. Le pregunté si tal vez un día podríamos salir, le dije que seguro la pasaríamos bien y ella me miró con seriedad glaciar y me respondió: “No sé, no creo, la verdad es que me da miedo porque podría tener una hemorragia vaginal” Me quedé en silencio por una microeternidad. Claro, pensé que había oído mal, así es que le dije: Perdón… ¿una hemorragia qué? Y ya riéndose, repitió la frase completa: “Hemorragia Vaginal”. 
Si bien era cierto que yo era un crío de quince años que ignoraba por completo lo que era la Leucemia, podía suponer perfectamente lo que era una hemorragia vaginal, o al menos, después de varias noches sin dormir y de hacerme abofetear con mi madre por preguntarle las posibles causas de una de esas hemorragias, pude armarme de valor y preguntarle al psicólogo que era y a que se debían las causas de la famosa hemorragia. 
Este asunto, al final terminó siendo muy perjudicial para mí, porque esta vez me enviaron a otro psicólogo  donde me hicieron miles de preguntas que duraron horas infinitas que mi mamá escuchaba, mientras lloraba en silencio hundida en el sillón del consultorio. De ahí mi odio por los psicólogos.
Esa semana no tuve otro remedio que olvidarme de Mariel y sus enigmáticas palabras. Pensé que después de todo, la que debería estar siendo evaluada de la cabeza era ella, no yo, que sólo había cometido el estúpido error de enamorarme de ella y que ahora ni me miraba, ya que mi apodo en el colegio era “El Loco” y todos se burlaban de mí.
Como en ese entonces la opinión de la gente no me importaba ni mucho ni poco, iba a estudiar sólo por obligación, sabiendo que al igual que Mariel, eran nuestros últimos días en el colegio. Yo estaba oficialmente prohibido de volver el siguiente año y Mariel se iba a Chile con la esperanza de hallar un tratamiento que le alargará la vida un poco más de ese par de años que decían que le quedaba.
Un día antes de que terminen las clases, le mandé una carta que leyó rodeada de todas sus amigas y que después de ser examinada de derecho y de revés, dobló en cuatro o diez y la guardó en el bolsillo de su saco azul. En esa carta, yo le decía que lo que menos se me cruzaba por la cabeza, era provocarle una hemorragia en ningún lugar y que ella me gustaba mucho. Eso y nada más. Creo que no le importó mucho mi carta y me gustaría decir que era la última vez que la veía, pero no fue así. 
Algunos años después, en la universidad,  conocí a un amigo, se llamaba Franco y aparte de estudiar psicología, trabajaba alistando cadáveres en una funeraria de Miraflores. Franco les inyectaba formol en el cuello y les limpiaba todos los orificios para después rellenarlos de algodón. Mientras los limpiaba y los peinaba, les hablaba con cariño y les hacía mimos, les arreglaba la ropa y les cruzaba los brazos sobre el pecho después de ponerlos en el ataúd.
Si, es verdad, quién sabe si la historia de mis muertos pudo haber comenzado con el recuerdo de mi padre y el horrible grito que escuché la noche que lo mataron. O quizá comezaria muchos años antes, al ver los cuerpos apilados en la orilla de un abismo en un camino a los Yungas y que mire con morbosa curiosidad y temor teniendo cinco años.  Pero la verdad, comenzó al ver a Mariel tendida e inerte en una fría mesa de azulejo, con los labios azules, el rostro anguloso; pálido y gris como el de la luna llena. Comenzó justo al tocar sus manos frías y ver la profunda y oscura hendidura que tenía en la cuenca de sus ojos apagados para siempre. Franco le hablaba con dulzura, se preguntaba por su nombre, y yo, me preguntaba por nuestros destinos: por este destino y la sonrisa que Mariel aún tenía en sus labios marchitos.

miércoles, septiembre 12, 2012

Una carta a destiempo para el Sr. A. H. jefe del Tercer Reich.

Nota: Perdida para siempre la ubicación y el rastro de la carta original que leerán a continuación y después de haberme pasado varios meses y años buscándola inútilmente en los archivos de la benemérita Hemeroteca Municipal de La Paz, intento reproducir  este artículo escrito (según recuerdo) de forma epistolar por el famoso periodista Alfonso Prudencio "Paulovich"  y publicada en su eterna  columna: "La Noticia de Perfil" hace ya varias décadas atrás, después de que William Camacho haya sugerido que deberíamos re escribirla, ya que bien podría ser usada en estos tiempos de "exacerbaciones regionalistas". Faltando voluntarios para la tarea, hoy me doy el gusto de saldar una deuda con todos aquellos a los que, entre copa y copa, les conté del dichoso artículo que jamás pude hallar, tratando de incluir en esta versión, la mayoría de detalles que recuerdo y me parecen importantes, no siendo de ninguna manera fieles al original, pero tratando de salvar con mi escaso talento su espíritu e ironía. Aclaro finalmente, que lo hago sobre todo, como una humilde forma de rendirle homenaje a don Paulovich y a su humor negro, que tantas noches nos ha salvado del aburrimiento con su ironía y, cómo no, con su inmortal Diccionario del Cholo Ilustrado.
Oscar Martínez.

La Paz, 20 de diciembre de 1942

Sr.
Adolf Hitler.
Comandante en Jefe del Tercer Reich
Presente.-

Estimado Adolf:


                               A tiempo de saludarlo  muy cordialmente  y felicitarlo por sus logros en el campo bélico, que incluye la total aniquilación de Francia, la ocupación de París, la meteórica destrucción de Polonia y la formidable aplicación de la blitzkrieg en el frente occidental y el norte de África, que le deparará las glorias para usted y el Recih que tan acertadamente preside, le hacemos llegar la presente, a fin de solicitarle muy encarecida y respetuosamente a su digna autoridad, dejar sin efecto las terribles amenazas que ha vertido sobre nuestros humildes países, que sin tener parte ni beneficio en estas aventuras guerreras, han osado sumarse a los aliados y declararle la guerra al Eje que usted lidera con tanto acierto.

Como usted imaginará, desde el día en el que (comprensiblemente) ha amenazado bombardear y reducir a cenizas las capitales de los países que han tenido semejante osadía, las potentes luces de los reflectores que buscan los bombarderos de la Luftwaffe en la honda negrura de las noches paceñas, no nos han dejado dormir y a veces ni siquiera pestañear durante más de un mes a todas las gentes de esta vecindad, con la consecuente y fatigadora somnolencia que ha convertido el cotidiano acto de vivir en una verdadera pesadilla.

Por lo tanto, usamos lo poco de cordura y buen juicio que aún nos queda, para ponerle urgentemente sobre aviso, que la capital de la República de Bolivia es la ciudad de Sucre y de esta manera se rectifique tan terrible mal entendido.

Sin otro particular y esperando que no escatime recurso alguno en aniquilar finalmente a sus enemigos, nos despedimos de usted muy atentamente, reiterándole nuestras atenciones más distinguidas.


Ciudadano Alfonso Prudencio (Paulovich)
Presidente A.I. del comité por el sueño de los justos.

martes, agosto 21, 2012

El Polio y superman


Anoche, al Coqueluche le han dado un ataque terrible de asma y podría asegurar que un rato de esos, casi se muere. Ver a alguien morir debe ser medio feo. Seguramente que al comprender que se lo lleva la flaca, agranda los ojos y le caen unos lagrimones que le mojan toda la cara. Seguro que se agarran al pecho con ambas manos para sentir si aún les late el corazón y en las millonésimas de segundos que transcurren ante sus ojos mostrándoles la realidad de la vida, deben cambiar de cara, poniéndose llorosos y desesperados. Pobre Coqueluche le ha dado un patatús.

Eso le he dicho a mi mamá esta mañana cuando ha venido a verme. Le he dicho que la enfermera nos toma como a unos tarados y que el Coqueluche es un buen chico, pero que anoche casi se muere y que me he asustado mucho, porque no quería ver ni escuchar su alma vagando por los pasillos del hospital. Pobre Coqueluche, le ha dado un patatús. Se ha ido a colgar de la ventana para que no le pongan una inyección. La babosa de la enfermera le ha convencido de que baje de la ventana y le prometió dibujarle un reloj en su brazo y ¡zas! viene la otra enfermera con el doctor y le enchufan un jeringazo que lo dejan durmiendo todo el día, como un muerto.

Pobre Coqueluche, le ha dado un patatús. Eso me dijo mi mamá y yo estaba medio que dudando, sembrando mi imaginación infantil en los fértiles campos de la luna, porque no sabía que quería decir patatús y pensé –dentro de mi ignorancia- que un patatús sólo le podría dar al Poliemelitis, que ese sí que es un bastardo, y que Diosito me perdone, pero hasta hace poco todos los niños del hospital nos tragamos el cuento de que su pata era biónica y que estaba en el hospital para que lo terminen de volver un robot; un robot  como esos que aparecen en la Guerra de las Galaxias.

Aquí, a todos nos ponen los apodos según la enfermedad. El portero –un gordo asqueroso que se llama Celestino- fue el que tuvo la brillante idea de clasificarnos por enfermedad. Por ejemplo, en este pabellón está el Poliomielitis, el Coqueluche, el Neumonía y el Diarrea por difteria. Bueno también estoy yo, a mi me dicen el resucitado. Digamos que yo he tenido suerte.

Hice mal en decir que el Polio era un bastardo. Mi mamá me dijo que su pata no era biónica y que nunca se iba a convertir en un robot. Hasta se puso a llorar porque según ella, el Polio estaba muy enfermo y nosotros, dale a molestarle al Polio con eso de que nos muestre sus cables y las baterías que le hacían mover la pata biónica, con la que creíamos que era capaz de alcanzar velocidades inauditas para los humanos y saltar por rascacielos inmensos como una pulga electrónica. El Polio nos contaba sus aventuras por las noches. Cuando el celestino apagaba las luces y se iba, todos nos sentábamos en su cama y el nos contaba lo que planeaba hacer cuando su otra pierna -la izquierda- llegue de Japón. Ya se sabe como es la aduana boliviana… pura burocracia. Nos decía que sus papás le habían dicho que por culpa de la bendita aduana, no había cuando lo operen para ponerle la otra pata y se vuelva un superhéroe, tal como se lo habían prometido. Mientras el Polio hablaba, me imaginaba que el día menos pensado, la pierna izquierda del Polio llegaría en una caja de cartón, envuelta con un plástico de burbujas de aire, la cual seguramente tendría que disputarme con el Diarrea y el Neumonía.
Antes de dormir, los chicos decían que después de que le pongan la pierna faltante al Polio, este vendría la noche menos esperada y destrozaría al viejo Celestino de una patada en la cabeza y luego nos iríamos a pasear por todas partes montados en su espalda.

Que desilusión.
En realidad el bastardo era yo. Enojado aún por hacerme falsas ilusiones, le dije al Polio que su pata no era biónica ni nada, le dije que era un pobre cojo, tullido y minusválido. Que era más inútil que un perro atropellado y que nos deje de mentir.

El Polio se puso a llorar amrgamente. El pobre no sabía nada; de verdad creía que era el niño biónico. Creía todo lo que sus papás le habían dicho y no dejaba de llorar mientras todo el mundo me miraba con odio y desprecio. El Neumonía y los otros chicos se han dado el trabajo de convencer al Polio de que yo era un loco y que justaba estaba internado por mentiroso. Eso quería decir que estaban dudando  que yo era supermán, y que me he lanzado de un cerro sólo para demostrarlo…

Estaba más de dos meses en el hospital gracias a un problema con mi capa. Mi capa era una toalla grandota, pero no era roja como debería de ser, sino verde agua, como la criptonita, e ahí la razón por la que me he partido la crisma, yendo a caer al hospital de superhéroes, es decir, al Hospital de niños.

-No te mueras negrito…- eso es lo primero que me dijo mi mamá cuando abrí mis ojos en el hospital.
A propósito de negros y héroes caídos en desgracia, yo le atribuyo mi negrura a San Martín de Porres. Después de haber caído al suelo desde más de cuatro metros, me estaba desangrando en el taxi de camino al hospital. En mi ciudad creo que nunca han habido mas de dos ambulancias. Mi tío Iñaki, el hermano de Mary, mi mamá, de pura desesperación se bajó del taxi en el sempiterno embotellamiento de la calle Ballivián, allí en el casco viejo de la ciudad  y me exhibió todo sangrante a los desalmados choferes que se creían dioses detrás de los volantes, los cuales –a decir de mi mamá- nos dejaron pasar más por susto que por consideración, y justo cuando pasábamos por la iglesia de La Merced, de la nada, como arte de magia, aparece una ambulancia de la Caja Nacional de Seguros

Mi madre, que es un poco fanática de estas cosas de santos, vírgenes y curas, no pudo menos que pensar que esto se trataba no sólo de un milagro, sino de una señal divina, así que  juró que si me salvaba, le devolvería los favores al primer santo que se encuentre a mano derecha de la entrada a la iglesia de La Merced y que si me moría, me encomendaría al primer santo que esté a mano izquierda. Bueno, hasta hoy, allí está el negro con su escoba y sus cirios gastados. Era una señal, no en vano mi apellido es Martínez.

No te mueras… eso me decía mi mamá apretándome las manos y cuando abrí los ojos sólo me acuerdo que ella estaba con unas ojeras neeeeegras, como yo. Me vi en el espejo y ya era totalmente moreno y empecé a sentir mucha afición por los perros y algunos gatos.

Miro un reloj dibujado con tinta azul en mi mano derecha que marca eternamente las diez y cuarto. De la mañana o de la noche, no se sabe, yo me lo voy imaginando según me conviene.
-¿Oíme, vos bajás en Liniers?
-No, bajo en Once
- Ahh… Liniers es la próxima estación ¿seguro que no bajás en Liniers?
- Seguro, bajo en Once.
-Ahh, Once es la última parada
- Si, ya sé…
-Parece ortopédica ¿verdad?
-¿Perdón?
-Digo que mi pierna parece ortopédica.
- Pues la verdad no sé… no tengo idea.
- Como se me quedó mirando, pensé que se estaría preguntando.
- Ahh no, disculpe, la verdad estaba escuchando el tren y no estaba pensando ni mirando.
-Suena feo el tren…
- Tiene ritmo, to toj-to toj-to toj
-Yo más bien diría tu tuj-tu tuj- tu tuj
- jajajaja si, si, puede ser tu tuj
-Cuando era niño me dio poliomielitis, yo vivía en Paraguay, éramos muy pobres y no me vacunaron contra la polio.
- Yo tenía un amigo, en Bolivia… bueno, un amigazo, que tenia Polio, pero en realidad yo creía que era el hombre biónico. Es que cuando yo tenía 5 años, estaba en el hospital por lanzarme desde la ventana de mi casa, allá en La Paz y estuve como dos meses en el Hospital del niño creyendo que en realidad era superman y…


jueves, junio 28, 2012

Las hojas sueltas


Por las mañanas, los visten de amarillo, los ordenan en filas y con mucho cuidado los sacan a conocer el mundo. Miran como el viento sacude las hojas de esos arboles grandooootes, levantan los dedos rosados y melosos al cielo y ven las nubes que se disipan formando figuras chistosas.
La profesora habla de las cactáceas, de la importancia del sol, del viento, de la lluvia y por qué en otoño las hojas deciden morir y entregarse a los vientos; de por qué no se deben apedrear a los pájaros en vista de que el destino también suele arrancarnos las alas y nos obliga a arrastrarnos por la eternidad, tal como lo dice la biblia… Y ellos piensan en la tristeza como el último pedazo de un chocolate; como el helado derretido en el suelo o como la tardanza de mamá.
En estas incursiones por la brevedad del mundo, levantan piedritas redondas y se las meten en la boca. Conocen el sabor de la tierra. Remolinos de viento levantan las hojas en espirales mágicas que parecen los monstruos que en las noches se pasean cerca de la ventana. Abren la boca y se agarran de las manos, sus sombreros vuelan, se ríen…
Yo los miro de lejos, cuando salgo a caminar y a descansar del mismo mundo. Este mundo que de pronto se ha vuelto pequeño y demasiado conocido. Yo no sé el sabor de la tierra aunque muchas veces he tenido que morder el polvo. Entiendo la razón por la cual las hojas de los árboles mueren en otoño, cuando camino y sus cadáveres crujientes me recuerdan días y personas que ya han pasado, que se han ido crujiendo los dientes y sus propios huesos. Aún hoy veo monstruos por las noches…
En las plazas y los parques, los días de otoño, frio y pena los espero, sólo por ese afán de acordarme y querer creer todavía en el mundo y en los mundos, en la gente y las gentes, esperando el invierno; esperando cambiar de piel y seguir caminando.

miércoles, abril 11, 2012

El tire de gracia.

El Manuel Pedraza alias “El Tili” se ganó su apodo después de conocer a una puta gorda y pintarrajeada que lo atendió una noche en la cual, preocupados por su muy probable maruléz, lo llevamos a los burdeles de Villa Rosales para que se confirme varón.

Después de regatear en varias casuchas de citas llenas de vendedores de cigarrillos y chicles a lo largo de una calle plagada de borrachos, taxistas, vendedores de videos pornográficos y Maca (el viagra andino) encontramos un burdel de dos pisos que en la puerta tenía una gran lámpara roja y el sugestivo nombre de “El Paraíso In”. Después de una breve discusión con los changos, sobre la conveniencia de entrar o no al Paraiso In, decidimos que nada perdíamos preguntando, ya que al fin y al cabo esta era una cotización y punto. Algunos decidieron esperar fumando en la calle,temerosos d que el negro grandote que dormitaba en una silla en la puerta con un palo en la mano, despierte y nos vaya a cagar a palazos. Al entrar, recibimos la impactante bienvenida de un penetrante olor a medias sucias y patas de peregrinos. El paraíso In a pesar de verse un poco más decente y limpio, resultó - contra todo pronóstico- mucho más barato que los otros establecimientos de la misma calle. Las paredes del salón principal, estaban tapizados del piso al techo con posters de mujeres desnudas y uno que otro héroe de la lucha libre gringa. Alrededor de una vetusta estufa de gas, un montón de sexoservidoras bailaban unas cumbias mexicanas súper antiguas, monótonas y aburridas. Todas ellas hablaban y reían a los gritos y observaban a los potenciales clientes, que, como buitres, habíamos hecho un círculo alrededor de ellas. Al final, los dos círculos bailábamos alrededor de la estufa que era el centro del universo.

El Tili, me dijo que tenía ganas de vomitar y yo le dije que vomite después de tirar, ¡que no sea maricón carajo! En el círculo, ubicamos un par de rubias teñidas que se nos antojaban las más bonitas. Nos acercamos, todas vestían trajes de baño de una pieza o coquetos bikinis de color fosforescente. Ya de cerca me pude percatar que debajo del traje de baño, usaban pantimedias color piel y que mientras bailaban, la luz negra de la pista de baile les resaltaban las cinturas rollizas y la abundante caspa de su cabello que brillaban en sus cabezas como luciérnagas diminutas. Por un momento sentí un poco de pena por ellas y por mí también.

¿Qué hacíamos ahí? Hasta ese día, el Tili no tenía un apodo definido e infructuosamente él mismo se había buscado uno que le agrade, ya que el hecho de llamarse simplemente Manuel Pedraza, no le decía nada a nadie. Algunos querían decirle “El Peterete” por su forma de caminar (igual que el personaje de televisión nterpretado por Ramón Valdéz) pero como no tenía ningún gran otro defecto físico digno de inmortalizar y por lo demás, casi todos caminábamos igual, preferimos transformar su apodo de “El Peterete” a “El chupeterete” por su forma irresponsable de beber con la cual nos hacía reír a todos porque se quedaba tirado en cualquier esquina o en cualquier mesa y a veces hasta se meaba en sus pantalones. Pero como dije, el Tili era un tipo demasiado miedoso y extremadamente amable. Cuando estaba borracho, es decir, casi todos los días, se ofrecía a ir a comprar los combos y después de la primera botella, se iba disimuladamente a un rincón de la plaza y se quedaba mirando el piso para después ponerse a llorar. El único que lo consolaba era el Huesito, que no sabemos qué es lo que le decía, pero después de unos minutos lo traía de regreso al grupo que fumaba y chupaba sin ninguna otra preocupación en la vida que reír a las carcajadas.

Cuando alguno de nosotros le preguntaba que le pasaba o por qué estaba llorando, siempre respondía que no le pasaba nada, que tenía un poco de pena por su hermana y cuando empezaba a hablar de su hermana, todo el ambiente se podría y se iba a la mierda. Ni bien escuchábamos el nombre Maribel, todos cambiábamos de actitud y preferíamos cambiar de tema, cada cual por una razón diferente.

Por ejemplo, cuando el Huesito escuchaba el nombre “Maribel” se ponía a darle pitadas más seguidas a su cigarrillo y empezaba a mover nerviosamente su pierna derecha. Después quería cambiar de tema a como de lugar. Empezaba a hablar de futbol, de películas, de otras mujeres, de las últimas peleas del grupo, del frío que hacía sin ser invierno todavía o hablaba de lo que sea. Y si el Huesito hacía eso, era porque una noche de esas que lo estábamos reventando con un palo de picota a un tipo en una esquina de la plaza, vino la Cana y nos llevó a todos a la Pando; bueno, a todos menos al Huesito y a la Maribel, que simulando ser una parejita de arrechos destechados que no tienen dónde ir a curar sus calenturas, se pusieron a besarse y a relajear debajo de un árbol ante la pasiva y morbosa mirada de los policías que de rato en rato volvían al camión para insultarnos y darnos de toletazos. Un teniente, cansado del espectáculo les dijo que esta prohibido copular en calles, callejones, plazas y anexos y que si no se iban los iba a cargar, así que de puro miedo –según el Huesito- se fueron a casa de la Maribel, mientras los changos y yo nos íbamos en un camión de la policía directito a las celdas más horrendas de todas las estaciones policiales. El pobre Huesito estaba enamorado de la Maribel y la Maribel estaba e-na-mo-ra-di-si-ma del Gordo mal parido, el cual la evitaba y no la quería ni ver, porque la Maribel andaba diciéndole a todos que el gordo era su marido, su novio y el padre de su hijo. Todo esto lo volvía loco al Gordo que ni pegándole le había quitado la costumbre de que la Maribel le diga “Mi amor”

En cambio yo no le hablaba primero porque no me interesaba la vida de la Maribel y segundo, porque no le tenía confianza ya que se pasaba la vida haciendo cosas para caerme bien y que yo le convenza al Gordo de que esté firme con ella y sobre todo y por último, no le hablabab porque siempre que podía la hostigaba a la Leny y los ojos de la Leny eran mis ojos y cuando la Leny lloraba el mundo se acababa, y como quiérase o no, el perro del Gordo era casi el dueño de la Leny, no me quedaba otra que jugar en ese triángulo de tres bandas con la boca callada.

¿Qué tal, como estaba el chango? Ante la pregunta del Gordo, el Manuel bajo la cabeza y se hizo como que buscaba un cigarrillo en el bolsillo de la chaqueta. La puta pintarrajeada estaba repintándose los labios y después de esconder una bolsa de kleenex en sus tetas, frunció la nariz y nos dijo “facilito, Tili es todavía” y se fue. El Gordo, el chivo y yo nos miramos las caras y después nos cagamos de risas a grandes carcajadas gritándole al Manuel ¡Tili, yastá tu chapa, ahora eres el Tili! Y el Manuel creo que quería llorar, o tal vez no, la cosa es que estaba serio y se me ocurre que de repente él sabía que el Manuel se había ido para siempre con su polvo de dos minutos. Se había ido para siempre jamás.

Afuera, el negrote seguía durmiendo en la silla y recién me di cuenta de que estaba acabadamente borracho cuando los chicos le quitaron el palo de escoba que tenía en la mano derecha y se la pusieron en medio de sus piernas, así que cualquiera que pasaba por ahí, se cagaba de risa porque parecía un tipo con una pija de un metro a punto de darse una “autochupadita” como decía el Chivo.

Bueno, es gracioso cuando la gente empieza a hacer conjeturas de las cosas que no sabe y uno íntimamente se sabe las respuestas que atormentan sus cabezas. Estaba almorzando en un restaurante lleno de escolares y madres solteras, divorciadas o abandonadas (casi no habían hombres) las viejas que comían a mi lado miraban horrorizadas la Televisión y todas decían: “¿pero, por qué le dirán Tili, no? Si es bien grandote ese maleante, mira a ver, los policías le llegan a los hombros” yo también estaba sorprendido de cuanto había cambiado el Tili en esos 14 años que no lo había visto. Claro, cuando lo llevamos al burdel para que debute y se descartuche era a fines de 1992. En ese entonces el Tili tenía 15 años y yo 17. Casi 3 años después, un día de diciembre de 1995 todo se pudrió y la Batería se fue a la mierda. El Gordo andaba luchando con el fantasma de “El Fantasma” un tipo que llegado de Estados Unidos lo había destronado como el tipo y el pandillero más malo de la ciudad. El Fantasma lo perseguía, lo volvía loco, tal vez más que la policía. El Fantasma era su obsesión y el gordo ya estaba enflaqueciendo de miedo y de no poder dormir.

El 95 el Tili ya era un delincuente de marca mayor, así que hoy, 14 años después,no me extrañaba que esté siendo exhibido en los noticieros de medio día como un perro peligroso. Ya iba por el sexto asesinato y cayó denunciado por una prostituta que, cansada de sus amenazas y extorsiones, lo denunció y ahora el Tili volvería a la cárcel por quién sabe cuánto tiempo.

La sopa estaba fría y la gente murmuraba y se preguntaba porque al Tili le decían Tili, por qué se había vuelto tan malo y sanguinario, por qué, por qué. Yo sabía por qué, pero ya era suficiente perder el apetito por estarse acordando cosas que eran mejor olvidar.