lunes, septiembre 27, 2010

Ese Edipo...


Ese Edipo que llevamos dentro.

He estado un poco extraviado; un poco perdido, ensimismado en silencios –exilios- voluntarios o en charlas que no dicen nada. A veces el mundo solamente es ruido y una sensación de vacío, difícil de explicar.

Pensé en eliminar este blog; ya estaba un poco cansado de ser el perro. Pensé muchas cosas. Hice maletas, regalé al gato, regué las flores y antes de irme, sólo me quedaba matar al perro…

Pero me dio pena; pena que terminó siendo un consuelo, porque he visto que hasta en las depresiones más grandes sigo siendo un egocéntrico, neurótico, exhibicionista y en seguida este pensamiento me ha puesto maniático. Animado por ese razonamiento, me corté el cabello; robé un gato; compré flores; arranqué las cortinas y pinté las ventanas… no obstante esto, la alegría duró poco, me enteré que un chico al cual yo conocía hace mucho tiempo, fue asesinado un fin de semana y en mala hora, me acordé que un día le ayudé a escribir un poema para una niña que le gustaba y que este poema, hizo que la conquiste y después de corto tiempo, se muden a un hotel antes de una navidad y que aunque nunca me agradeció -ni esperaba que lo haga- en adelante, mi pequeño amigo me empezó a odiar ya que la niña le hacía la vida imposible y el atribuía todas sus desdichas al poema que escribimos juntos, en pos del amor.

Me gustaría decir que es lo más irracional que he visto y escuchado en mi vida, pero bueno, el chico tenía una vida difícil en las calles, con drogas, violencia y esos asuntos que a uno lo dejan con la idea de que el mundo a veces es el sueño más sangriento de Dios, aunque sé que tal vez hay  cosas peores, y después, uno escribe esto, desde el confort de su locura, bien caliente en su cama, pensando en las amplias posibilidades de la cena que se aproxima y te sientes un ser desalmado, vacío, burdo… Yo escojo martirizarme y deprimirme, y así, ya puedo sentirme satisfecho de que se sospeche que soy maniaco depresivo o por lo menos ciclotímico, o mejor aún, un simple imbécil.

Un imbécil que, una mañana, se levantó y escribió un artículo triste. Y después tuvo sus quince minutos de fama y de gloria.

Hoy vuelvo a lo de siempre ¿Qué por cuánto tiempo más? No sé... posiblemente hasta que me vuelva a agarrar otra de estas crisis.

Ahora sí: El Edipo que llevamos dentro.

“Yo quiero a mi mamá” esta es una frase universalmente repudiada por miles o quizá millones de esposas, novias y amantes del género masculino en general que pueblan el planeta tierra y que reflejan la incestuosa inestabilidad a las que sus relaciones con los hombres se ven sometidas.

“Yo amo a mi mamá” casi tanto como también algunas veces la he detestado. No es que haya decidido hablar de ella porque no queden más temas, de hecho, podría contar las historias fantásticas del club de la obesidad y como es que me he convertido en el hazmerreir de las gordas del Spinning y como nos coqueteamos mientras sudamos juntos nuestras penas; pero ese es otro tema. 

Esta mañana me he dado cuenta que con la vieja nos conocemos realmente poco. He llegado a esta conclusión porque sólo en una bendita ciudad como La Paz, dos millones de personas se lanzan embrutecidas a las calles en pos de un minibús o un taxi a las 8 de la mañana y uno se encuentra por azares de la vida con su progenitora, sentadita ahí, en el asiento trasero del taxi  aferrada a su cartera pintándose la boca en el retrovisor.

Yo a mi vieja le he dejado de decir “Mami”  después del sopapo que me ha metido cuando se ha enterado que mi amigo Leo, se ha hecho pasar por mi hermano y  me he sacado del colegio  diciendo que a mi viejo lo ha atropellado el micro 136 en el stadium por borracho. Bueno, en realidad, a mi viejo le han plantado un balazo en la cabeza en un taxi en Cochabamba ocho años antes de ese día y por ese entonces mi único hermano tenía un año.

La vieja tenía sobradas razones para enfurecerse: hace unos días la policía me había llevado a su oficina por el asunto de romperle la cabeza a un pelado. Un par de semanas antes  llegué cayéndome de borracho y con tres hojas de la carpeta de física en el bolsillo y después le llegó la boleta de calificaciones: tenía once aplazos.

Esta vez mis cuates me habían sacado del colegio para vaguear y bailar Rap.

La pobre ya no podía más; me pegó un megasopapo que retumbó en los confines del colegio y espanto a las palomas del techo de la dirección que se echaron a volar despavoridas al aciago horizonte de Miraflores ese día de 1993.

Yo sangré; sangré a raudales, y por orgulloso –en realidad por estúpido- no me tapé la nariz, ni la boca, así que ante la preocupación e indignación de la Directora que miraba con lástima su alfombra, salí de la dirección exhibiendo mi sangrante humanidad por todo el colegio, recogí mi mochila y me fui a mi casa.  Desde ese día, a mi mamá le digo por su nombre: Mary.

Pobre mi vieja, casi la vuelvo loca de tantos disgustos.

Bueno, mi egocentrismo me estaba haciendo hablar otra vez de mi y casi cuento otra historia por explicar la razón por la cual al subir al taxi, le dije: “Hola Mary” en vez de “hola Mami” 

Ella me dice Negro desde que he nacido hasta hace un par de horas que he hablado con ella. Después de llamarnos la atención severamente –ambos- por subir a taxis inseguros (truchos) en seguida nos estábamos poniéndonos al corriente de los sueños. Ni a mi madre ni a mí nos gusta admitir que somos un poco metafísicos con eso de los sueños. Para mí está claro que esta es una herencia de mi madre y para ella es algo que le angustia, porque sus sueños le dicen el futuro con una precisión que asusta.

Estábamos todo contentos en el taxi, mirando la gente pasar y hablando de lo que sería bueno cocinar para el cumpleaños de mi hermano, ¡cuando zas! Otra coincidencia: escucho la voz de una amable excolega de trabajo que se sube al mismo taxi –estas maravillas se dan sólo en La Paz repito- y después de los zalameros saludos de rigor, empieza a decirme cuanto le gustó cierto artículo que había escrito hace poco sobre chicos de la calle. Bueno, como esta colega es tan sensible, generosa y buena persona, empezó a exaltarse con los elogios y casi, casi, se pone a llorar por la situación jodida que atraviesan los chicos de la calle.

Me siento raro cuando me endulzan tanto la oreja.  Es una situación difícil para alguien que no está acostumbrado a tanta palabra almibarada sobre lo que uno escribe, así que me puse un poco incomodo y en vez de seguir ruta, me bajé con la Mary  que traía tal cara de sorpresa, como si le hubiesen cambiado de hijo en el camino.

La cosa es que la Mary pregunta de qué artículo está hablando esa loca: le he explicado, mas así y todo no salía de su asombro. En realidad, me ha preguntado: ¿desde cuándo escribes artículos? Y le he dicho que no era tanto un artículo sino una crónica, una puteada o algo así.

Bueno, mi madre, infinitamente bella, hermosa e inocente, me ha mirado y me ha dicho que no haga cosas de las cuales no me voy a poder beneficiar. Yo le entiendo, mi mamá se preocupa por la plata porque ha sufrido mucho por no tenerla. Ha tenido suficiente con que estudie psicología: ella quería que sea auditor, igual que su jefe. Le he dado el artículo que he escrito y le he dicho que algún día voy a publicar un libro, bueno, eso se lo dije como una esperanza. Mi mamá se ha quedado en silencio, preocupada. Tiene razón, los libros ya no se venden tan bien.

Camino con ella, le digo Mary y ella me toma del  brazo. En los restaurantes le recomiendo que pedir. Ella se alegra y se conforma con poco. Siempre está feliz de estar conmigo. Sé que no entiende la vida que he escogido; tal vez esperaba que ya tenga una esposa y wawas. A veces le preocupo y le doy tristeza. Sobre todo cuando se sueña conmigo, me llama varias veces para saber cómo estoy.

A veces, me gustaría que las cosas sean más fáciles y que ella decida por mí. Pero tenemos que vivir nuestros propios sueños, es nuestro deber de hijos ¿no?

Y hablando, hablando de sueños, siempre de sueños, me pregunto: ¿Dónde me he perdido? Dónde te habrás ido chango, dónde...