jueves, junio 28, 2012

Las hojas sueltas


Por las mañanas, los visten de amarillo, los ordenan en filas y con mucho cuidado los sacan a conocer el mundo. Miran como el viento sacude las hojas de esos arboles grandooootes, levantan los dedos rosados y melosos al cielo y ven las nubes que se disipan formando figuras chistosas.
La profesora habla de las cactáceas, de la importancia del sol, del viento, de la lluvia y por qué en otoño las hojas deciden morir y entregarse a los vientos; de por qué no se deben apedrear a los pájaros en vista de que el destino también suele arrancarnos las alas y nos obliga a arrastrarnos por la eternidad, tal como lo dice la biblia… Y ellos piensan en la tristeza como el último pedazo de un chocolate; como el helado derretido en el suelo o como la tardanza de mamá.
En estas incursiones por la brevedad del mundo, levantan piedritas redondas y se las meten en la boca. Conocen el sabor de la tierra. Remolinos de viento levantan las hojas en espirales mágicas que parecen los monstruos que en las noches se pasean cerca de la ventana. Abren la boca y se agarran de las manos, sus sombreros vuelan, se ríen…
Yo los miro de lejos, cuando salgo a caminar y a descansar del mismo mundo. Este mundo que de pronto se ha vuelto pequeño y demasiado conocido. Yo no sé el sabor de la tierra aunque muchas veces he tenido que morder el polvo. Entiendo la razón por la cual las hojas de los árboles mueren en otoño, cuando camino y sus cadáveres crujientes me recuerdan días y personas que ya han pasado, que se han ido crujiendo los dientes y sus propios huesos. Aún hoy veo monstruos por las noches…
En las plazas y los parques, los días de otoño, frio y pena los espero, sólo por ese afán de acordarme y querer creer todavía en el mundo y en los mundos, en la gente y las gentes, esperando el invierno; esperando cambiar de piel y seguir caminando.