viernes, abril 23, 2010

Un país de mentiritas

La escuela, debe ser de las peores desgracias que le toca a uno vivir a lo largo de la historia de su humanidad, porque es en la escuela, y en realidad, en todo el sistema educativo donde se uniformizan los pensamientos y se alcanza la anhelada conformidad que hace juego con el orden, la paz y el progreso que toda sociedad “civilizada” se jacta de tener.

Hace ya mucho tiempo, antes de que el empuje del viento andino –céntrico- traiga el bendito “proceso de cambio” a nuestras puertas y mucho antes de que algunos –insignificantes- avances en los campos educativos de la sociedad Boliviana nos hayan mostrado, más por la fuerza mediática que por una reforma educativa, que vivimos en un país de mentiritas, ya se hablaban y se practicaban cuestiones tales como el racismo, la homofobia, el machismo, la inequidad, la xenofobia, la corrupción y otras tantas perlas en las que se encuentra enterrada la sociedad boliviana. Hasta aquí ninguna novedad.

Veamos algunas cosas a las que suele enfrentarse un boliviano “promedio” a lo largo de su existencia. Me voy a poner indiscriminadamente como un ejemplo de promedio ya que no tengo intención de justificar “científicamente” el término “promedio” ni como este ha sido elegido; además creo que soy la única persona que conozco relativamente bien y de la que puedo hablar y ejemplificar libremente sin sentirme ofendido y si en caso contrario este ejercicio me ayudaría a mirarme en un espejo al que le huyo tantas veces, será para saber que hay defectos que pueden ser superados al descubrirse. No tengo intención, ni quisiera llegar a hacer una autobiografía, que además de aburrida, sería bastante arrogante o petulante. Así es que voy a desarrollar los puntos de interés que se consideran álgidos ahora en este preciso instante y aprovechando que el presidente Evo Morales ha abierto, voluntaria o involuntariamente, un debate sobre estos temitas.

Sobre el Racismo: No vale la pena desarrollar un concepto -uno de los varios- que existe en torno al racismo, ya que la gente tiene una idea aproximada de lo que representa este fenómeno y forma de doctrina social. A ver empecemos por la escuela, ya que la familia es un tema que da para unas mil páginas: en Bolivia, en La Paz específicamente, han existido desde siempre dos clases de escuelas: Las fiscales (del gobierno) y las particulares (su nombre ya lo dice) Cuando yo era niño fui a una escuela fiscal de varones por 5 años, la escuela república de México. Usábamos el uniforme que todas las escuelas fiscales usaban: Mandil blanco, camisa blanca, pantalón azul, zapatos negros, corbata azul e insignia del colegio. Esta escuela, aún perdura en su lugar original a escasas tres cuadras de la Plaza Murillo, donde sobra decir que esta el congreso –hoy asamblea legislativa plurinacional- y el Palacio de Gobierno. Es común que cada principio de gestión se entregue una extensa lista de útiles escolares, los cuales debían ser adquiridos por los padres de forma incondicional. En ese entonces, la lista la encabezaba el libro de lectura “Coquito” libro obligatorio para el sistema educativo boliviano con el que los niños aprendíamos a leer. Viéndolo a distancia encontramos en este libro cosas bastante interesantes: los niños bolivianos somos “blanquitos” no gringos, pero si blancos y chaposos igual que nuestros papás; celebramos los cumpleaños con pasteles y regalos, recordamos el día mar además del día de la patria con civismo y amor. Pero al mismo tiempo ya empiezan a aparecer algunos problemas. Hay algunos poemitas que… bueno, uno de ellos se llama por ejemplo “Niño Indio” y entonces resulta que aparte de los niños “blancos” de las ciudades, existen seres “tesoneros” que trabajan por el bien del país, ayudan a sus papás a cargar las papas a la ciudad y que viven en la altiplanicie rodeada de majestuosas montañas, tocan melancólicamente sus quenas y pinquillos y por los cuales hay que sentir respeto, admiración y que además, nosotros –los niños de las ciudades- tenemos que estudiar para no ser igual de “miserables” que ellos. Este paternalismo racista, con sus pequeñas variaciones es lo que don Alcides Arguedas escribía en su libro Pueblo Enfermo. “Trozos de carne animada que gruñen y huelen mal” o “Seres capaces de caminar distancias inverosímiles” Este es sólo un ejemplo que suele repetirse en los libros oficiales de lectura Flores, Alma de niño, Primeras Luces, Coquito, etc; libros adoptados por el sistema educativo del gobierno.

¿Cuales eran los insultos graves para un chico de un colegio fiscal? Indio de mierda y T´ara. En los círculos externos, al traidor a la patria le decían Chileno y en el ejercito el momento de la práctica de tiro se gritaba cuando se daba al blanco: “un chileno, dos chilenos, tres chilenos, etc” Eso, sin contar que para el ciudadano y joven boliviano promedio, hacer el servicio militar obligatorio (antes de que la lucrativa aparición del sistema premilitar se vuelva una imitación nacional de G I JOE), era una práctica reservadas para los campesinos, que en cambio, veían al servicio militar como la integración a una nacionalidad y ciudadanía que si bien tenían –objetivamente- en los papeles, era inexistente en la práctica de la integración, aceptación o reproducción de los sistemas sociales culturales bolivianos. Entonces, aparte de asumir un Racismo y una Xenofobia académica, compramos todo el paquete, exaltándonos como víctimas de la historia, de nuestros vicios y de nuestra ineptitud, teniendo además la cobarde actitud de echar mano de lo “indígena” cuando necesitamos apuntalar una identidad nacional externa que sea buena bonita y “orgánica” ante los ojos de la comunidad extranjera. ¿Qué quiere decir esto? Que cuando vienen gringos a la ciudad nos damos cuenta de la belleza de los textiles andinos; de su sana, natural y nutritiva alimentación; de las sabias conclusiones de su cosmovisión, de su sufrimiento y opresión, de los 500 años, de la resistencia. Entonces en medio de fiebres folklóricas bailamos morenadas, kullawadas y todo el programa del Gran Poder; le dejamos de decir “hija” a la Casera, le dejamos de decir “casera” a la señora que vende, nos damos algunas vueltas por las tiendas orgánico naturales Irupana, vibramos con los Kjarkas y metiendo satisfactoriamente las manos en los bolsillos, sentimos la deuda saldada. ¿Racismo? ¿Cómo estamos en casa? Bien, se han ido los gringos y la chola está lavando los vasos.

Una vez cuando vivía en el barrio gráfico, un barrio de casas bonitas a un costado de Villa Fátima, estaba jugando al futbol con otros rapaces de mi edad, cuando de repente un grandote en un intento desesperado de meter un gol, le dio tal puntapié que esta se fue hasta el puente que estaba cerca de la cancha, desde donde rebotó hasta el rio que era el límite con otro barrio que en ese entonces no sé que nombre tenía pero que hoy es parte de Villa Copacabana. La cosa es que ese barrio era de casuchas que daban lástima: de adobe y calamina y tenían una sola pila pública donde un montón de personas hacían filas para recibir agua en unos baldes agujeros y desvencijados. El grandote no se animaba a cruzar el puente para recoger la pelota. Ante la insistencia de todos, sólo atinó a rascarse la cabeza y dijo con voz titubeante: “Me da miedo… es que allá viven los aymaras…” entonces ni qué decir que salimos rajando y dejando un rastro de polvareda tras nuestra huida; claro, en ese entonces teníamos la mente envenenada con las películas de indios y vaqueros donde los indios se comen a los pobres vaqueros, eso no sin antes arrancarles el cuero cabelludo. Eso y las poesías “proindias” de los libros de lectura que nos hacían creer que lo indígena era lo salvaje, sucio, feo, etc, la cosa nos quedaba realmente clara. Ahora que lo veo en la distancia es chistoso, y más porque la Catalina, la tendera de la esquina era una chola gorda y bonachona que nos regalaba nucitas que nosotros aceptábamos de mil amores. La Catalina era una chola aymara igual que la abuela del grandote y que la abuela de mi padrastro que cocinaba como los dioses… aymaras.

La sorpresa llegó algunos años después, más de uno de nosotros tenía algo que ver con los indígenas, a decir verdad, casi todos éramos mestizos indígenas excepto el Soruyo que era negro y el Takesi que era japonés. Pero eso no lo supimos una mañana al despertarnos, sino, cuando lo estético era importante en nuestra adolescencia y claro, los chicos del libro de lectura habían crecido, engordado y ennegrecido y los otros nos decían: Indios. Y lo más chistoso de todo, nosotros, también les decíamos Indios a otros indios.

Algunos apuntitos sobre la Xenofobia: Por esas mismas épocas, mediados de los años 80, los cuadernos cuadriculados de escritura tenían en la tapa un tenebrosamente fantasmal soldado de la guerra del pacífico debajo del cual rezaba la siguiente frase: “El Litoral cautivo es nuestro, Recuperarlo es un deber. ¡Muerte al usurpador! Lo mismo se leía en letras rojas en cada hoja del cuaderno de cien páginas.

Pregunta de Estudios Sociales ¿Quién es el Usurpador? Respuesta: Chile y los chilenos que nos han robado el mar. Respuesta típica de los niños bolivianos. Alguna vez, algunos profesores honestos aumentan lo siguiente: los chilenos que nos han robado el mar mientras el presidente Daza chupaba en Carnavales. Lo cierto es que todos chupaban en carnavales y en cada uno de los tres países involucrados y que hay verdades y posiciones que se defienden a ultranza. Pero estamos hablando de los pelados bolivianos. Bueno la cosa empeora cuando toca recitar en la hora cívica del 23 de marzo (el día del mar) donde una niña - en nuestro caso nos prestaban niñas de la escuela de niñas Natalia Palacios - tenían que representar el mar cautivo; entonces, vestida de blanco con unas cadenas rotas en las manos, el departamento del Litoral cautivo saltaba llorando al escenario –obviamente- su cautiverio, mientras que el mejor alumno de quinto básico hacía las veces de Eduardo Abaroa, luciendo negro bigote pintado con carbón y con fusil de palo de escoba, realizaba exaltadas promesas de venganza y liberación. Los malos alumnos se disfrazaban de soldado chilenos y eran abatidos por los Colorados de Bolivia ante la multitud de padres de familia, docentes y alumnos que rugían cual circo romano ante el artificialmente sangriento espectáculo.

Conclusiones.

Las conclusiones que se sacan cuando uno es un chiquitín son las siguientes: Debo estudiar para no ser igual que los indios. Debo estudiar para que el país se llene de fábricas y sea rico, con lo que consecuentemente podrá comprar armas para matar a los chilenos y recuperar Antofagasta. Debo estudiar en vez de chupar para que los malos vecinos nos dejen de arrebatar territorio. Todo esto era lo que nosotros creíamos y digo creíamos porque ha sido parte de más de un sueño de la infancia compartido por otros niños amigos míos.

Pero la gente no tiene la culpa, eso que quede claro. Si tenemos que echarle la culpa a alguien, siempre está a la mano el sistema y el sistema no lo hacemos nosotros ¿no ve?.

Nosotros sólo somos los pobres diablos que vivimos a merced de los bancos, las deudas, los deseos que crean ficciones de necesidades que crean otras necesidades que a su vez crean otros deseos que necesitan ser satisfecho y que… necesitan necesidad, nada más. No, no tenemos la culpa, cuando llegamos las cosas ya estaba así, rotas. Nosotros somos los burros persiguiendo la zanahoria que tiene atada en un palo el carretero que seguramente es algún siniestro intelectual que debajo de sus títulos y sus reconocimientos, se frota las manos satisfecho en algún despacho de algún edificio de alguna gran ciudad del planeta mientras suelta una carcajada como el mismísimo demonio.

Resta hablar de nuestro xenofobia con los peruanos, resta hablar de nuestra pretendida bondad y baja autoestima social, de la homofobia generalidad entre hombres y mujeres, de la corrupción general del boliviano, pero como ya he despotricado mucho y necesito irme, voy a dejar eso para la próxima publicación.

domingo, abril 04, 2010

Otro crimen quedará...

Entre la cárcel y la hemeroteca municipal, la gente parece la misma de siempre, los mismos estudiantes del colegio israelita a punto de hacerse atropellar por los minibuses que huyen del prado. Los mismos evangelistas de la sociedad bíblica captando almas al azar.

La misma puerta destrozada del Sauna. La misma tienda y las mismas arrugas en la cara de la tendera de la calle Otero de La Vega. 
Las mismas estampitas de primera comunión decolorándose en el estante de esa imprenta que tiene una maquina que todo el día silva y silva.

Las mismas misteriosas botellas de pisco en esa importadora de repuestos de autos.

Todo es por nada. Me repito compulsivamente.

Todo es por nada. Ni los ojos de los viejos drogadictos que pululan por la plaza de San Pedro.

Todo es por nada. Nada de nada.

-¿investigador? ¡donde esta su credencial! ¿investigador de donde?

-estoy escribiendo un libro sobre pandillas.

-¿para quién pues?

-¿Pa la sociedad pues oficial?

-¿y con quién vas a hablar?

-con el que ayer ha salido en el telepolicial

- ¿con el del cuchillo o el de la pistola?

- ¿ehh? no, no... con el del incendio y la cuerda, con el que le ha prendido fuego a su amigo

- ese es el que la ha cortado el cuello y después le ha prendido fuego

-¿no es que le ha dado candela primero y después lo ha intentado trozar?

-no, se ha despertado -la víctima- y lo ha visto durmiendo -al victimador- y se le ha ocurrido -en mal momento- cortarle el cabello y pensando que era muy chistoso, se ha vuelto a dormir.

- y?

- y que el otro se ha despertado y se ha visto sin cabello y al otro sonso durmiendo abrazado de unas tijeras. Entonces -el victimador- se enoja grave, agarra un cuchillo y le corta el cuello -a la víctima- igualito que a una gallina, después seguro se pone nervioso, y estaba queriendo deshacerse del cuerpo, entonces saca el cuerpo al patio y le prende fuego con una botella de alcohol... con la misma que estaban chupando a ver el animal. Después lo arrastra hasta la puerta de la calle y lo deja votado ahí a unos metros de la puerta de calle... su cabello todavía estaba encendido como una vela de cumpleaños

- ¿Ahí es donde lo han arrestado?

- no, en la mañana la gente ha reportado un cadáver que no sabía como se llamaba... bueno, la gente no sabía pues, ni modo que el cadaver ¿no ve? la cosa es que estos ya habían sido unos pandilleros conocidos: "Los Mala Ganitas" así se hacían llamar, y ya estaba metidos en cosas graves, vendían drogas, se entraban a casas y esas cosas. Presumiblemente lo estaban bautizando al chango este que le han dado chicharrón. Que grave che, bautizo y funeral ajajajajajaja esteee y... ¿que cosa estabas queriendo?

- hablar con los chicos, porque estoy haciendo una investigación sobre pandillas y...
- ¿detective eres?
-no, pero...
-difícil hermanito, tienes que mandar una carta a la posta, al gobernador, al alcaide, al viceministerio de régimen penitenciario, al coso, al este, allll... uta che como se llama, a si a derechos humanos y, ¿pa quién has dicho que es la investigación?
-pa  la sociedad ofi
- de esa más traete carta, ya, ahora permisito, tiene que pasar la gente

Bueno, ya me habían advertido que hacer "investigación social" tenía sus gajes y sus cosas.
Me compro un relleno de papa. Me siento en un banco de la plaza para tomar sol y saco mi libreta de apuntes, escribo: "Los Mala Ganitas" Villa Armonia 1992-2009 ¿? serán sus hijos, sus hermanitos menores, se habrán afanao el nombre de la pandilla.
Pienso en todos los factores que alguna vez me habrían conducido a esa misma cárcel. Estoy mejor tomando el sol afuera que tomando sombra adentro.
Es mejor así. En que terminará el famoso libro de "Historia de las pandillas de La Paz! en que terminará.
Pero la cosa es que en invierno de todo y de nada uno se deprime y ya luego no le dan ganas de nada, más de acordarse de las barbaridades que uno hacía.
Abro la libreta y escribo: La Raza 1996 - ????
Enfilo el camino hacia la Hemeroteca Municipal, vamos a empezar a ordenar los recuerdos por casa.