lunes, octubre 25, 2010

DEPRESIÓN POP

A veces confundo cualquier sonrisa con un resplandor y me enamoro. Miro la calle y me lanzo a ser uno con la multitud. Camino a ciegas y a tientas de la luz de los coches que avanzan raudamente. Los apuros de los transeúntes me guían a través de pasos que no me conducen a ningún lugar.

Ese tipo de saco oscuro, con las manos en los bolsillos y que se refleja en las vidrieras de las librerías soy yo; al parecer sí, soy yo. Las gotas de la lluvia que resbalan por el vidrio no distorsionan del todo la realidad; allá estoy yo: un poco más viejo. Un poco más gordo y desgarbado, sin ideales, sin nada que pese más que una cajetilla de cigarrillos. No tengo memoria, no tengo conciencia, quién sabe ni siquiera tengo dignidad, pero tengo los mismos ojos de plástico igual que cuando tenía dieciocho años. Soy  es el mismo cínico de siempre. Está bien, ese se parece más a mí.

¿Me preocupa el mundo? No mucho, pero lo he dejado de despreciar, ahora se es más libre cuando se está derrotado. Este es un signo de vejez.

Me importa mirar sonrisas que me enamoren y recuerdos que me vomiten. Nada de fingir, nada de toser escandalosamente después de cada cigarrillo. Siento calor con algunas miradas. Siento que tendría que decir algo. A veces por puro idiota me dan lástima mis reflexiones y para sentirme mejor, espero a que mucha gente se acumule alrededor y digo algo que está escrito en algún libro. Y la gente piensa que el mundo me importa. Pero los días de trabajo ya no duran tanto.

Cuando voy a algún café del centro, el mesero se acerca a mí. Me tira el menú aunque finge amabilidad. Yo miro a la gente otra vez, me siento incomprendido, abrumado por tantas cosas que parece que pasan, pero se están quietas, el ambiente siempre es insoportable cuando estás sólo y no tienes paz.

Otra vez el síndrome: me parece que la sombra detrás del vitral eres tú. Es tu cabeza redonda con el cabello corto; la falda larga que usas los días de calor siendo mecida por el viento de la tarde. Así esperabas por mí. Digamos que después de clasificarlos, de todos los recuerdos, ese es el más doloroso; vos esperando por mí y yo llegando tarde, seguro de tu eterna espera. Ahora ya no existe esquina ni viento de la tarde, no existe tu boca abriéndose lentamente para sonreír. Existe un plato de aluminio con tres monedas opacas y un ciego que con los pies hace melodías siguiendo  los latidos de mi corazón cada vez que tus sombras me atacan.

Con el tiempo he aprendido que los escalofríos, combinan bien con el tabaco negro y con la taquicardia. Hasta ahora sigo pensando una palabra casual que decirte por si me choco contigo en la calle o al abrir una puerta cualquiera.

El ambiente siempre es insoportable cuando estás sólo y no tienes paz. Pago la cuenta y dejo mucha propina; mucha, que se den cuenta que estoy sólo por gusto. Necesito convencerme de eso yo también.

 Cada huella es como una carta ¿sabes?, las huellas se leen, se escriben con faltas ortográficas y se quedan feas e inentendibles por el resto de la historia de la humanidad. 

Hay una farmacia muy moderna al lado de un cine muy viejo. Siempre evito pasar por esa farmacia. Hace años te vi parada en la puerta de ese negocio y tu novio todo sonriente con una caja de condones. Yo te vi, te salude, y luego me fui a llorar en el primer taxi que no me preguntó a donde iba. Cuando llegué a mi destino que no era ninguno en particular, sabía que yo te quería para siempre.

Cuando paso por esa farmacia, normalmente le doy una patada al basurero de la calle y la gente piensa que estoy loco. Yo pensaría lo mismo, pero estoy pensando en tus labios y tus caderas, me siento más idiota aún y le doy otra patada al basurero, entonces, la gente entiende lo que pasa, pero yo ya no.

Tengo una imaginación demasiado fértil. Digamos que hay calles en las que me dejo de sentir miserable por el solo hecho de que está lleno de mendigos que se disputan con los perros las sobras de los restaurantes.

Todo el mundo cabe perfectamente en mis ojos. Debería sacarme los ojos con una cucharilla caliente, entonces más gente vendría a verme y dirían que soy el iluminado que todo lo ve. Yo alivio los conflictos del alma, lo hago a buen precio y con rapidez, como dicen los anuncios de los dentistas en los barrios bajos donde yo te llevaba por original y por patán.

Grave error, en cada calle estas vos: riendo, persiguiéndome, gritándome, poniéndote maniática y sobre todo llorando… y cada lágrima que cae y se suspende por la punta de tu nariz, gotea hasta el suelo y deja una marca en forma de una bailarina que se ha suicidado desde lo alto de un edificio de la esquina de la avenida 6 de agosto y Aspiazu donde están tantas gotas; tantas gotas tuyas y mías.

 A veces me paro un rato ahí para verlas. Cómo un fetichsista, como un enfermo de la cabeza, de la memoria, y cada gota tiene un cuento que contar, una camino que gotear. Yo las miro y después de pisarlas se van conmigo a casa, donde se convierten en un mar de sal, un mar de locura, de confusión. Una verdadera epilepsia de amor, pero esa palabra, esta mejor hecha para las convulsiones y las enfermedades crónicas que para un mar en el que uno se ahoga todas las noches.

En mis sueños, mientras me ves yo tengo rabia, tengo rabia del mundo, tengo rabia de vos, tengo rabia de mi; tengo rabia y tengo miedo.

Mentira, sólo tengo miedo.

Desde que me ha cambiado de casa la vida es un poco más ligera, con la excepción de que un día por romántico he tenido la estúpida idea de regalarte una ciudad, una montaña y unas doscientas canciones. Entonces, los cuartos están a salvo de tus pasos, pero las radios ya han muerto para mí. Y las ventanas viven clausuradas y cada día me vuelvo más pálido.

Yo camino mirando al suelo, encuentro un rastro de monedas que regalo de propinas en los cafés, y así me convenzo que estoy solo porque quiero.

Nunca he querido ser una farsa; sólo quería ser el hombre que se mira en las vidrieras de las tiendas, uno que se enamore de cualquier sonrisa, grande, bonita, blanca, perfecta, inocente y maliciosa. Y lo hice… sí que lo hice.