lunes, marzo 19, 2007

El ayer de siempre

Bueno, ya basta de macanas, del corazón, el amor y esas pajas que sólo nos traen sinsabores y nos llevan de paseo por las veredas de la amargura. Basta de gimotear como tarados lamentando la pérfida indiferencia de su adios. ¡Que siempre!, si se fue, se fue no más... que le vaya bien y sea feliz viendo a los fiordos... (yaaaaaaaaaaaaa)
Esta introducción de despechado me la ha aconsejado que la haga un otro amigo despechado y aturdido por otra pérfida indiferencia. Pero heme aqui dispuesto ha redimirme ante ustedes afables lectores, vuelvo con una nota clasica de esas que me han hecho célebre (yaaaaaaaaaaaaaaaaaaa, otra vez).
Nada que ver, ten{ia guardada una notita feliz de cuando no consumia mi existencia sumergido en el oscuro despacho de unaONG, sino (más bien) las consumia en la amable y polvorienta oscuridad de la hemeroteca municipal, cuando mi vida aun era mi vida y no este despojo que arrastra las patas preguntandose pa´que.
Los románticos muchachos del 900

La Paz de Ayer y Hoy:

En los tiempos en que los que las hijas eran el tesoro de las familias –todavía no las llamaban chicas- permanecían en sus casas mucho más tiempo que en la calle porque entonces la mujer no trabajaba en las oficinas y tampoco iba a la universidad. Su tiempo empleaban ellas en actividades sociales y culturales formando, las más inquietas, sociedades con nombres muy femeninos como “El puñado de Rosas” que tenían por finalidad “fomentar las reuniones íntimas para alternar lo lírico con lo dramático”. Pero lo que más hacían todas aparte de preocuparse por mejorar sus atractivos, era dedicarse a labores de casa. (...) se pasaban horas cosiendo o bordando en sus balcones cerrados desde donde de rato en rato, miraban hacía la calle. Y muchas veces ocurría que allí, en la acera del frente o en la esquina, estaban parados sus pretendientes esperando ser regalados con una mirada o con una sonrisa, mientras lamentaban que esos balcones fueran las “prisiones” donde ellas parecían hermosas palomas enjauladas. Y justamente quién escribió lo que van a leer ahora se refiere a una de esas prisiones.

El Diario, La Paz, 28 de noviembre de 1904
Rudorico Rodríguez (poeta invitado)

A través de los claros vidrios de la ventana que a manera de balconcito parece una prisión inventada por caprichosa malevolencia, se destaca el busto tentador de tu grácil y ondulante cuerpo que, como silueta de ángel apenas percibida, se dibuja tras los vidrios.

Y no estas quieta allí porque aunque quieren sumergirte en meditación los ensueños de tu juventud, tú sin embargo trabajas... bordas. Y en las tardes, cuando la brisa sopla cariñosamente con arrullos de tórtola trayéndonos emanaciones de violetas y jazmines, entonces ...qué divina te veo, que bella te contemplo. Con tu carita alegre de cielo estas allí, tras los nevados vidrios de tu ventana, donde bordas con solicitud el albo fondo de tus pañuelos perfumados con las fugitivas sonrisas de tu hechicera boca.
Fin.

Cuantos no quisieramos hallar lindas señoritas que bordan en sus balcones, en vez de estas que enfilen para las Europas (abandonando a sus inconsolables pretendientes) en nombre de la independencia, definitavamente eran no más tiempos mejores che. Bueno ni modo.