lunes, octubre 31, 2011

Habitar el silencio


Querido hermano:

La ruleta da vueltas… una regla física totalmente absurda para el entendimiento de un hombre como tú, mi hermano, que estás más allá de la simplicidad de toda materia que amenaza con podrirnos bajo la tierra de este mundo antes de hacernos polvo y retornarnos al viento.

Te escribo en el día de tu cumpleaños, como lo hago cada año desde que ya no puedo hacerlo personalmente, tal como sería mi deseo. Por esa razón, no quisiera que pongas en juicio a mi pobre voluntad; debes saber que aún no he aprendido a sacarme el cuerpo del todo, es decir, aún no he aprendido nada.

Hay cosas infinitamente difíciles para los hombres pedestres de este mundo, una de ellas, es aprender a vivir con el eterno miedo al mañana. En los manuales parece fácil y uno se deja engatusar por los televendedores y los pajapakos, entregando sus bienes más preciados envueltos en un pañuelo. Sin embargo, lo que siempre han ignorado esos mercaderes de la fe, es que tu y yo hemos tenido como único bien nuestras alas con las que hemos podido volar a un chasquido de los dedos y nada más.

La vida es esta paradoja que a tipos como nosotros suele aburrirnos muy seguido, aunque son muy pocos los que cómo tú, deciden hacer maletas, contar lo necesario para el viaje, besar a los padres, a las madres, a los hermanos y las hermanas, pensar a las mujeres que aman, chasquear los dedos y salir volando por la ventana, hasta allá, donde el polvo es un recuerdo de la quietud y nada más.

Poco te puedo decir de cosas que ya tú no sepas. No pienso mucho en esto de la distancia que me separa y que me acerca, ni en eso otro que los grandes pensadores que salen los domingos en la prensa escrita gustan de llamar "imposibilidades humanas". Un suspiro como un balazo... eso pienso y cuando lo pienso quisiera chasquear los dedos y salir volando a las inmensidades que no tienen nombre aún; salir volando al reino del éter y la luz gaseosa, esa que se te pega al cuerpo y que te saca la piel cuando se va dejando tus venas al descubierto. Pero pienso en el ardor y la verguenza que la sangre habrá de sentir por su desnudez y mi corazón no quiere librarse del cuerpo y tampoco de esa luz que es éter… a veces todo es tan difícil cuando somos piel y huesos o cuando nuestra sangre tiene verguenza. Todo es tan dificil cuando somos hambre, piel y deseo. Tal vez es mejor esperarte de pie en la ventana. Esperar en vísperas de la aparición de alguna visión que me acerque a ti.

Ayer en la noche necesitaba azúcar, así es que fui a buscar a la Sandra. Siempre se alegra de verme, aunque ella sabe que estoy tan enfermo como ella cree que siempre he estado y eso la pone triste y pensativa. Pero así y todo, me ha contado que la has visitado una noche de esas secas y silenciosas y que le habías dicho -muy disimuladamente- que piensas venir a casa y quedarte a vivir aquí. Tal noticia no ha podido menos que alegrarme el día y por tal razón he salido en total estado de frenesí a comprar nuevos vasos que celebren nuestros viejos labios y nuestras antiguas palabras. Nadie puede decirme que hago mucho alboroto por una visita. Con los vasos rotos y las palabras intactas te espero y que la espera sea nuestro refugio de la vejez y de la locura.

La última vez que te vi, tenías la camisa con una inmensa mancha de vino, y aún así, a pesar de estar ebrio, caminabas con paso firme y orgulloso. Eso me ha hecho pensar en la dignidad. pero...¿Qué podemos esperar de esa señora tú y yo? ¿Qué podemos esperar de la mentada dignidad? si esta nunca se ha dignado a darnos una visita cuando todas las flores del dolor se marchitaban en nuestras manos ¿Qué podemos esperar? Si la dignidad es una cuestión de orgullo y he ahí nuestro más grave error: siempre hemos creído que el ser humildes nos traería cosas buenas, cosas mejores que esas desventuras que solíamos cantar y escribir dando tumbos en cada esquina. Si hubiésemos perdido la humildad, s hubiésemos aprendido a tiempo a librarnos de nuestra humanidad, hubiésemos ganado cosas insoñables, inalcanzables, inescrutable. Imaginate, hubiésemos podido ser unos grandes señores, unos verdaderos hijos de puta que, fumando con total indolencia, mirarían el mundo de palco sin ensuciarse los zapatos, ni tratando a diario con la obstinada testarudez de los niños, de los viejos, de las putas, de los homosexuales, de los delincuentes, de los drogadictos, los borrachos y tanta gente que como nosotros, sufre.

Quién sabe, de haber renunciado y habernos aferrado el cuerpo y al mundo, hubiésemos podido ser ministros, diputados, alcaldes o lo que sea. Pero por puro sentido de la humildad, has escogido ser poeta y por puro sentido de la grandeza, has abierto la ventana y te has puesto a volar siendo humilde. Yo te recuerdo, lo hago por puro cobarde y por la imposibilidad esta que llaman humana aquellos sabios que salen en los suplementos de cultura los domingos y uno que otro feriado . Te pido que me disculpes si he querido ser igual que ellos y te imploro que no dejes de venir, que esta es tu casa, esta es tu lengua y también es tu piel

Podemos hablar por la noche y desparecer de día. Desvanecernos simplemente, como los segundos que se evaporan de pura sed, de pura pena, de pura alegría y girar en esta locura sin parar; simplemente girar como una ruleta y que la fortuna sea una palabra o una sonrisa.

La ruleta da vueltas… una regla física totalmente absurda para el entendimiento de hombres como tú mi hermano… que vives más allá de la simplicidad de toda materia que amenaza con podrirnos bajo la tierra de este mundo antes de hacernos polvo y retornarnos al viento; al silencio.

martes, octubre 11, 2011

Unos labios rojos...

Alarmado por las altas tasas de feminicidio, voy a publicar un cuento que escribí y publiqué el 2007, basado en una noticia que escuché una mañana de 1987 en el Metropolicial. Obviamente, jamás pude encontrar en la hemeroteca Municipal la noticia tal cual, ya que no recuerdo las fechas ni los nombres de los protagonistas, aunque sí, es un recuerdo muy vivido ya que mientras lo escuchaba, yo mismo estaba cortando unos corazones de papel para mi tarea de Artes.

Unos labios rojos...
Cualquiera pensaría que el Jacinto es una personaje de ficción, que es el producto de alguna imaginación turbia y chueca o de una fantasía. Un personaje lejano a este tiempo: un poco tonto, ingenuo y tenebroso. Desde su nombre floripondio hasta esa su melancolía y su eterna soledad en la que vive los que lo conocen.
Cuando lo encontré, Jacinto R. estaba mirando de derecho y de revés la colilla de un cigarrillo, misma que tenía restos de lápiz labial de un carmín fuerte y marcado de grietas.
Era el cigarrillo que se fumó su exnovia una de esas noches cuando fueron muy felices. También tenía un klinex con los que la linda pelirroja se limpió unos lagrimones quejumbrosos una noche fantástica en la que Jacinto le leyó un poema dedicado a sus besos. Con los manías de un obsesivo, Jacinto guardaba una infinidad de cosas dispares como por ejemplo: Entradas del cine, pétalos de girasoles (de un ramo que ella le había lanzado en una pelea), varias y coloridas hojas que eran cartas de amor o letras de canciones, cajetillas de puchos, limones chupados (por ambos), pedazos de una tanga celeste… y bueno, una variopinta y extensa cantidad de objetos que le recordaban a Mariela y sus frugales tiempos de pasión.

Una noche, al verlo contemplar todos esos fetiches mientras lloraba por la súbita desaparición de la pelirroja, le dije: "Ya bota esas huevadas compadre, mirá que sólo te estás haciendo daño; fíjate como estás hecho todo un guiñapo: con la barba crecida y el pelo desgreñado. Sigues con ese pijama mugroso desde hace una semana…si ella se fue, se fue no más, ya ni modo, vamos a buscar otras pelirrojas y se acabó.

A pesar de estar medio borracho el Jacinto me escuchaba atento, sorbiéndose los mocos. Después de dos botellas de ron, me confesó que no puede dejar de masturbarse con todas las cosas que guarda de la Mariel, y que cuando miraba esa colilla del cigarrillo con las marcas de lápiz labial, se excitaba más que un preso condenado a cadena perpetua que miraba un par de tetas…

Eso me parecía la cosa más rara que había escuchado, pero no le preste mayor atención, siendo que el Jacinto era un tipo medio raro y extravagante. Acabada la farra, un disco seguía sonando en la compactera, Jacinto estaba con la cabeza gacha ya la baba colgándole hasta el pecho. Sin mucho esfuerzo, le hice dormir en el sofá tapándolo con su chaqueta para que no se congelara. Quién iba a pensar que una semana después, el Jacinto le iba a asestar 35 puñaladas mortales a la pobre Mariel.

Siendo su único amigo, lo tuve que ir a ver. En la celda, encogido de hombros y el pantalón ensangrentado, con la mirada extraviada en el suelo y escuchando los rugidos de una multitud que aguardaba en las afueras de la policía para lincharlo, hablé con él. Me dijo que Mariel fue a su casa una tarde para despedirse definitivamente y que cuando ella le decía que se marchaba y que ya no la busque ni le escriba, él no podía dejar de mirarle esos labios tan rojos y carnosos. Por esa razón, fue presa de un terrible calor que le comía todo el cuerpo, y que para aliviarse, no tuvo otro remedio que bajarse los pantalones y comenzar a masturbarse delante de ella, ahí mismo y sin asco alguno. Me contó que el no quería lastimarla y menos matarla, que ella grito y se tapó los ojos, que le dijo "loco de mierda" y que llorando puso cara de horror. Que el solamente recuerda que tomó unas tijeras con las que el cortaba corazones de cartón y que luego la policía estaba llevándoselo en medio de la ira del vecindario y la incredulidad de los habitantes de su casa.

Yo me enteré al ver en las noticias a una azorada viejita que relataba a las cámaras que ante el escándalo en el piso de arriba de su departamento, mandó a su hijo a ver qué es lo que pasaba. La puerta estaba abierta y el muchacho encontró al vecino Jacinto de pie y sin pantalones; lunático y ajeno del mundo; masturbándose violentamente, observando el cuerpo de una mujer que se desangraba en el suelo.

Lo peor es que Mariel sobrevivió, tal vez nunca más pueda caminar y tener hijos, pero según se ve en el noticiero, ella está con los labios más colorados y carnosos que nunca. El jacinto también está bien, coleccionando rojos de todos los matices y recortando fotos de la sobreviviente que salen a diario en la prensa amarillista con una brillante tijera que guarda debajo de su almohada todas las noches después de pensar en ella, en Mariel y sus labios rojos.