martes, octubre 11, 2011

Unos labios rojos...

Alarmado por las altas tasas de feminicidio, voy a publicar un cuento que escribí y publiqué el 2007, basado en una noticia que escuché una mañana de 1987 en el Metropolicial. Obviamente, jamás pude encontrar en la hemeroteca Municipal la noticia tal cual, ya que no recuerdo las fechas ni los nombres de los protagonistas, aunque sí, es un recuerdo muy vivido ya que mientras lo escuchaba, yo mismo estaba cortando unos corazones de papel para mi tarea de Artes.

Unos labios rojos...
Cualquiera pensaría que el Jacinto es una personaje de ficción, que es el producto de alguna imaginación turbia y chueca o de una fantasía. Un personaje lejano a este tiempo: un poco tonto, ingenuo y tenebroso. Desde su nombre floripondio hasta esa su melancolía y su eterna soledad en la que vive los que lo conocen.
Cuando lo encontré, Jacinto R. estaba mirando de derecho y de revés la colilla de un cigarrillo, misma que tenía restos de lápiz labial de un carmín fuerte y marcado de grietas.
Era el cigarrillo que se fumó su exnovia una de esas noches cuando fueron muy felices. También tenía un klinex con los que la linda pelirroja se limpió unos lagrimones quejumbrosos una noche fantástica en la que Jacinto le leyó un poema dedicado a sus besos. Con los manías de un obsesivo, Jacinto guardaba una infinidad de cosas dispares como por ejemplo: Entradas del cine, pétalos de girasoles (de un ramo que ella le había lanzado en una pelea), varias y coloridas hojas que eran cartas de amor o letras de canciones, cajetillas de puchos, limones chupados (por ambos), pedazos de una tanga celeste… y bueno, una variopinta y extensa cantidad de objetos que le recordaban a Mariela y sus frugales tiempos de pasión.

Una noche, al verlo contemplar todos esos fetiches mientras lloraba por la súbita desaparición de la pelirroja, le dije: "Ya bota esas huevadas compadre, mirá que sólo te estás haciendo daño; fíjate como estás hecho todo un guiñapo: con la barba crecida y el pelo desgreñado. Sigues con ese pijama mugroso desde hace una semana…si ella se fue, se fue no más, ya ni modo, vamos a buscar otras pelirrojas y se acabó.

A pesar de estar medio borracho el Jacinto me escuchaba atento, sorbiéndose los mocos. Después de dos botellas de ron, me confesó que no puede dejar de masturbarse con todas las cosas que guarda de la Mariel, y que cuando miraba esa colilla del cigarrillo con las marcas de lápiz labial, se excitaba más que un preso condenado a cadena perpetua que miraba un par de tetas…

Eso me parecía la cosa más rara que había escuchado, pero no le preste mayor atención, siendo que el Jacinto era un tipo medio raro y extravagante. Acabada la farra, un disco seguía sonando en la compactera, Jacinto estaba con la cabeza gacha ya la baba colgándole hasta el pecho. Sin mucho esfuerzo, le hice dormir en el sofá tapándolo con su chaqueta para que no se congelara. Quién iba a pensar que una semana después, el Jacinto le iba a asestar 35 puñaladas mortales a la pobre Mariel.

Siendo su único amigo, lo tuve que ir a ver. En la celda, encogido de hombros y el pantalón ensangrentado, con la mirada extraviada en el suelo y escuchando los rugidos de una multitud que aguardaba en las afueras de la policía para lincharlo, hablé con él. Me dijo que Mariel fue a su casa una tarde para despedirse definitivamente y que cuando ella le decía que se marchaba y que ya no la busque ni le escriba, él no podía dejar de mirarle esos labios tan rojos y carnosos. Por esa razón, fue presa de un terrible calor que le comía todo el cuerpo, y que para aliviarse, no tuvo otro remedio que bajarse los pantalones y comenzar a masturbarse delante de ella, ahí mismo y sin asco alguno. Me contó que el no quería lastimarla y menos matarla, que ella grito y se tapó los ojos, que le dijo "loco de mierda" y que llorando puso cara de horror. Que el solamente recuerda que tomó unas tijeras con las que el cortaba corazones de cartón y que luego la policía estaba llevándoselo en medio de la ira del vecindario y la incredulidad de los habitantes de su casa.

Yo me enteré al ver en las noticias a una azorada viejita que relataba a las cámaras que ante el escándalo en el piso de arriba de su departamento, mandó a su hijo a ver qué es lo que pasaba. La puerta estaba abierta y el muchacho encontró al vecino Jacinto de pie y sin pantalones; lunático y ajeno del mundo; masturbándose violentamente, observando el cuerpo de una mujer que se desangraba en el suelo.

Lo peor es que Mariel sobrevivió, tal vez nunca más pueda caminar y tener hijos, pero según se ve en el noticiero, ella está con los labios más colorados y carnosos que nunca. El jacinto también está bien, coleccionando rojos de todos los matices y recortando fotos de la sobreviviente que salen a diario en la prensa amarillista con una brillante tijera que guarda debajo de su almohada todas las noches después de pensar en ella, en Mariel y sus labios rojos.

3 comentarios:

Jenny-portatiles dijo...

La verdad me dejaste perpleja con lo que cuentas.. me dejaste sin palabras...

WANOGA dijo...

Asesinado por el cielo, por su forma de amar, se dejo caer para ser esclabo de unos labios rojos.

Perro con Rabia dijo...

Gracias por tu visita Jenny. Corregí el cuento, espero que te guste.
Wanoga. Querer y a veces esclavizarse del querer... cosas que pasan. Dejarse caer no más. Saludos.