miércoles, septiembre 12, 2012

Una carta a destiempo para el Sr. A. H. jefe del Tercer Reich.

Nota: Perdida para siempre la ubicación y el rastro de la carta original que leerán a continuación y después de haberme pasado varios meses y años buscándola inútilmente en los archivos de la benemérita Hemeroteca Municipal de La Paz, intento reproducir  este artículo escrito (según recuerdo) de forma epistolar por el famoso periodista Alfonso Prudencio "Paulovich"  y publicada en su eterna  columna: "La Noticia de Perfil" hace ya varias décadas atrás, después de que William Camacho haya sugerido que deberíamos re escribirla, ya que bien podría ser usada en estos tiempos de "exacerbaciones regionalistas". Faltando voluntarios para la tarea, hoy me doy el gusto de saldar una deuda con todos aquellos a los que, entre copa y copa, les conté del dichoso artículo que jamás pude hallar, tratando de incluir en esta versión, la mayoría de detalles que recuerdo y me parecen importantes, no siendo de ninguna manera fieles al original, pero tratando de salvar con mi escaso talento su espíritu e ironía. Aclaro finalmente, que lo hago sobre todo, como una humilde forma de rendirle homenaje a don Paulovich y a su humor negro, que tantas noches nos ha salvado del aburrimiento con su ironía y, cómo no, con su inmortal Diccionario del Cholo Ilustrado.
Oscar Martínez.

La Paz, 20 de diciembre de 1942

Sr.
Adolf Hitler.
Comandante en Jefe del Tercer Reich
Presente.-

Estimado Adolf:


                               A tiempo de saludarlo  muy cordialmente  y felicitarlo por sus logros en el campo bélico, que incluye la total aniquilación de Francia, la ocupación de París, la meteórica destrucción de Polonia y la formidable aplicación de la blitzkrieg en el frente occidental y el norte de África, que le deparará las glorias para usted y el Recih que tan acertadamente preside, le hacemos llegar la presente, a fin de solicitarle muy encarecida y respetuosamente a su digna autoridad, dejar sin efecto las terribles amenazas que ha vertido sobre nuestros humildes países, que sin tener parte ni beneficio en estas aventuras guerreras, han osado sumarse a los aliados y declararle la guerra al Eje que usted lidera con tanto acierto.

Como usted imaginará, desde el día en el que (comprensiblemente) ha amenazado bombardear y reducir a cenizas las capitales de los países que han tenido semejante osadía, las potentes luces de los reflectores que buscan los bombarderos de la Luftwaffe en la honda negrura de las noches paceñas, no nos han dejado dormir y a veces ni siquiera pestañear durante más de un mes a todas las gentes de esta vecindad, con la consecuente y fatigadora somnolencia que ha convertido el cotidiano acto de vivir en una verdadera pesadilla.

Por lo tanto, usamos lo poco de cordura y buen juicio que aún nos queda, para ponerle urgentemente sobre aviso, que la capital de la República de Bolivia es la ciudad de Sucre y de esta manera se rectifique tan terrible mal entendido.

Sin otro particular y esperando que no escatime recurso alguno en aniquilar finalmente a sus enemigos, nos despedimos de usted muy atentamente, reiterándole nuestras atenciones más distinguidas.


Ciudadano Alfonso Prudencio (Paulovich)
Presidente A.I. del comité por el sueño de los justos.

martes, agosto 21, 2012

El Polio y superman


Anoche, al Coqueluche le han dado un ataque terrible de asma y podría asegurar que un rato de esos, casi se muere. Ver a alguien morir debe ser medio feo. Seguramente que al comprender que se lo lleva la flaca, agranda los ojos y le caen unos lagrimones que le mojan toda la cara. Seguro que se agarran al pecho con ambas manos para sentir si aún les late el corazón y en las millonésimas de segundos que transcurren ante sus ojos mostrándoles la realidad de la vida, deben cambiar de cara, poniéndose llorosos y desesperados. Pobre Coqueluche le ha dado un patatús.

Eso le he dicho a mi mamá esta mañana cuando ha venido a verme. Le he dicho que la enfermera nos toma como a unos tarados y que el Coqueluche es un buen chico, pero que anoche casi se muere y que me he asustado mucho, porque no quería ver ni escuchar su alma vagando por los pasillos del hospital. Pobre Coqueluche, le ha dado un patatús. Se ha ido a colgar de la ventana para que no le pongan una inyección. La babosa de la enfermera le ha convencido de que baje de la ventana y le prometió dibujarle un reloj en su brazo y ¡zas! viene la otra enfermera con el doctor y le enchufan un jeringazo que lo dejan durmiendo todo el día, como un muerto.

Pobre Coqueluche, le ha dado un patatús. Eso me dijo mi mamá y yo estaba medio que dudando, sembrando mi imaginación infantil en los fértiles campos de la luna, porque no sabía que quería decir patatús y pensé –dentro de mi ignorancia- que un patatús sólo le podría dar al Poliemelitis, que ese sí que es un bastardo, y que Diosito me perdone, pero hasta hace poco todos los niños del hospital nos tragamos el cuento de que su pata era biónica y que estaba en el hospital para que lo terminen de volver un robot; un robot  como esos que aparecen en la Guerra de las Galaxias.

Aquí, a todos nos ponen los apodos según la enfermedad. El portero –un gordo asqueroso que se llama Celestino- fue el que tuvo la brillante idea de clasificarnos por enfermedad. Por ejemplo, en este pabellón está el Poliomielitis, el Coqueluche, el Neumonía y el Diarrea por difteria. Bueno también estoy yo, a mi me dicen el resucitado. Digamos que yo he tenido suerte.

Hice mal en decir que el Polio era un bastardo. Mi mamá me dijo que su pata no era biónica y que nunca se iba a convertir en un robot. Hasta se puso a llorar porque según ella, el Polio estaba muy enfermo y nosotros, dale a molestarle al Polio con eso de que nos muestre sus cables y las baterías que le hacían mover la pata biónica, con la que creíamos que era capaz de alcanzar velocidades inauditas para los humanos y saltar por rascacielos inmensos como una pulga electrónica. El Polio nos contaba sus aventuras por las noches. Cuando el celestino apagaba las luces y se iba, todos nos sentábamos en su cama y el nos contaba lo que planeaba hacer cuando su otra pierna -la izquierda- llegue de Japón. Ya se sabe como es la aduana boliviana… pura burocracia. Nos decía que sus papás le habían dicho que por culpa de la bendita aduana, no había cuando lo operen para ponerle la otra pata y se vuelva un superhéroe, tal como se lo habían prometido. Mientras el Polio hablaba, me imaginaba que el día menos pensado, la pierna izquierda del Polio llegaría en una caja de cartón, envuelta con un plástico de burbujas de aire, la cual seguramente tendría que disputarme con el Diarrea y el Neumonía.
Antes de dormir, los chicos decían que después de que le pongan la pierna faltante al Polio, este vendría la noche menos esperada y destrozaría al viejo Celestino de una patada en la cabeza y luego nos iríamos a pasear por todas partes montados en su espalda.

Que desilusión.
En realidad el bastardo era yo. Enojado aún por hacerme falsas ilusiones, le dije al Polio que su pata no era biónica ni nada, le dije que era un pobre cojo, tullido y minusválido. Que era más inútil que un perro atropellado y que nos deje de mentir.

El Polio se puso a llorar amrgamente. El pobre no sabía nada; de verdad creía que era el niño biónico. Creía todo lo que sus papás le habían dicho y no dejaba de llorar mientras todo el mundo me miraba con odio y desprecio. El Neumonía y los otros chicos se han dado el trabajo de convencer al Polio de que yo era un loco y que justaba estaba internado por mentiroso. Eso quería decir que estaban dudando  que yo era supermán, y que me he lanzado de un cerro sólo para demostrarlo…

Estaba más de dos meses en el hospital gracias a un problema con mi capa. Mi capa era una toalla grandota, pero no era roja como debería de ser, sino verde agua, como la criptonita, e ahí la razón por la que me he partido la crisma, yendo a caer al hospital de superhéroes, es decir, al Hospital de niños.

-No te mueras negrito…- eso es lo primero que me dijo mi mamá cuando abrí mis ojos en el hospital.
A propósito de negros y héroes caídos en desgracia, yo le atribuyo mi negrura a San Martín de Porres. Después de haber caído al suelo desde más de cuatro metros, me estaba desangrando en el taxi de camino al hospital. En mi ciudad creo que nunca han habido mas de dos ambulancias. Mi tío Iñaki, el hermano de Mary, mi mamá, de pura desesperación se bajó del taxi en el sempiterno embotellamiento de la calle Ballivián, allí en el casco viejo de la ciudad  y me exhibió todo sangrante a los desalmados choferes que se creían dioses detrás de los volantes, los cuales –a decir de mi mamá- nos dejaron pasar más por susto que por consideración, y justo cuando pasábamos por la iglesia de La Merced, de la nada, como arte de magia, aparece una ambulancia de la Caja Nacional de Seguros

Mi madre, que es un poco fanática de estas cosas de santos, vírgenes y curas, no pudo menos que pensar que esto se trataba no sólo de un milagro, sino de una señal divina, así que  juró que si me salvaba, le devolvería los favores al primer santo que se encuentre a mano derecha de la entrada a la iglesia de La Merced y que si me moría, me encomendaría al primer santo que esté a mano izquierda. Bueno, hasta hoy, allí está el negro con su escoba y sus cirios gastados. Era una señal, no en vano mi apellido es Martínez.

No te mueras… eso me decía mi mamá apretándome las manos y cuando abrí los ojos sólo me acuerdo que ella estaba con unas ojeras neeeeegras, como yo. Me vi en el espejo y ya era totalmente moreno y empecé a sentir mucha afición por los perros y algunos gatos.

Miro un reloj dibujado con tinta azul en mi mano derecha que marca eternamente las diez y cuarto. De la mañana o de la noche, no se sabe, yo me lo voy imaginando según me conviene.
-¿Oíme, vos bajás en Liniers?
-No, bajo en Once
- Ahh… Liniers es la próxima estación ¿seguro que no bajás en Liniers?
- Seguro, bajo en Once.
-Ahh, Once es la última parada
- Si, ya sé…
-Parece ortopédica ¿verdad?
-¿Perdón?
-Digo que mi pierna parece ortopédica.
- Pues la verdad no sé… no tengo idea.
- Como se me quedó mirando, pensé que se estaría preguntando.
- Ahh no, disculpe, la verdad estaba escuchando el tren y no estaba pensando ni mirando.
-Suena feo el tren…
- Tiene ritmo, to toj-to toj-to toj
-Yo más bien diría tu tuj-tu tuj- tu tuj
- jajajaja si, si, puede ser tu tuj
-Cuando era niño me dio poliomielitis, yo vivía en Paraguay, éramos muy pobres y no me vacunaron contra la polio.
- Yo tenía un amigo, en Bolivia… bueno, un amigazo, que tenia Polio, pero en realidad yo creía que era el hombre biónico. Es que cuando yo tenía 5 años, estaba en el hospital por lanzarme desde la ventana de mi casa, allá en La Paz y estuve como dos meses en el Hospital del niño creyendo que en realidad era superman y…


jueves, junio 28, 2012

Las hojas sueltas


Por las mañanas, los visten de amarillo, los ordenan en filas y con mucho cuidado los sacan a conocer el mundo. Miran como el viento sacude las hojas de esos arboles grandooootes, levantan los dedos rosados y melosos al cielo y ven las nubes que se disipan formando figuras chistosas.
La profesora habla de las cactáceas, de la importancia del sol, del viento, de la lluvia y por qué en otoño las hojas deciden morir y entregarse a los vientos; de por qué no se deben apedrear a los pájaros en vista de que el destino también suele arrancarnos las alas y nos obliga a arrastrarnos por la eternidad, tal como lo dice la biblia… Y ellos piensan en la tristeza como el último pedazo de un chocolate; como el helado derretido en el suelo o como la tardanza de mamá.
En estas incursiones por la brevedad del mundo, levantan piedritas redondas y se las meten en la boca. Conocen el sabor de la tierra. Remolinos de viento levantan las hojas en espirales mágicas que parecen los monstruos que en las noches se pasean cerca de la ventana. Abren la boca y se agarran de las manos, sus sombreros vuelan, se ríen…
Yo los miro de lejos, cuando salgo a caminar y a descansar del mismo mundo. Este mundo que de pronto se ha vuelto pequeño y demasiado conocido. Yo no sé el sabor de la tierra aunque muchas veces he tenido que morder el polvo. Entiendo la razón por la cual las hojas de los árboles mueren en otoño, cuando camino y sus cadáveres crujientes me recuerdan días y personas que ya han pasado, que se han ido crujiendo los dientes y sus propios huesos. Aún hoy veo monstruos por las noches…
En las plazas y los parques, los días de otoño, frio y pena los espero, sólo por ese afán de acordarme y querer creer todavía en el mundo y en los mundos, en la gente y las gentes, esperando el invierno; esperando cambiar de piel y seguir caminando.

miércoles, abril 11, 2012

El tire de gracia.

El Manuel Pedraza alias “El Tili” se ganó su apodo después de conocer a una puta gorda y pintarrajeada que lo atendió una noche en la cual, preocupados por su muy probable maruléz, lo llevamos a los burdeles de Villa Rosales para que se confirme varón.

Después de regatear en varias casuchas de citas llenas de vendedores de cigarrillos y chicles a lo largo de una calle plagada de borrachos, taxistas, vendedores de videos pornográficos y Maca (el viagra andino) encontramos un burdel de dos pisos que en la puerta tenía una gran lámpara roja y el sugestivo nombre de “El Paraíso In”. Después de una breve discusión con los changos, sobre la conveniencia de entrar o no al Paraiso In, decidimos que nada perdíamos preguntando, ya que al fin y al cabo esta era una cotización y punto. Algunos decidieron esperar fumando en la calle,temerosos d que el negro grandote que dormitaba en una silla en la puerta con un palo en la mano, despierte y nos vaya a cagar a palazos. Al entrar, recibimos la impactante bienvenida de un penetrante olor a medias sucias y patas de peregrinos. El paraíso In a pesar de verse un poco más decente y limpio, resultó - contra todo pronóstico- mucho más barato que los otros establecimientos de la misma calle. Las paredes del salón principal, estaban tapizados del piso al techo con posters de mujeres desnudas y uno que otro héroe de la lucha libre gringa. Alrededor de una vetusta estufa de gas, un montón de sexoservidoras bailaban unas cumbias mexicanas súper antiguas, monótonas y aburridas. Todas ellas hablaban y reían a los gritos y observaban a los potenciales clientes, que, como buitres, habíamos hecho un círculo alrededor de ellas. Al final, los dos círculos bailábamos alrededor de la estufa que era el centro del universo.

El Tili, me dijo que tenía ganas de vomitar y yo le dije que vomite después de tirar, ¡que no sea maricón carajo! En el círculo, ubicamos un par de rubias teñidas que se nos antojaban las más bonitas. Nos acercamos, todas vestían trajes de baño de una pieza o coquetos bikinis de color fosforescente. Ya de cerca me pude percatar que debajo del traje de baño, usaban pantimedias color piel y que mientras bailaban, la luz negra de la pista de baile les resaltaban las cinturas rollizas y la abundante caspa de su cabello que brillaban en sus cabezas como luciérnagas diminutas. Por un momento sentí un poco de pena por ellas y por mí también.

¿Qué hacíamos ahí? Hasta ese día, el Tili no tenía un apodo definido e infructuosamente él mismo se había buscado uno que le agrade, ya que el hecho de llamarse simplemente Manuel Pedraza, no le decía nada a nadie. Algunos querían decirle “El Peterete” por su forma de caminar (igual que el personaje de televisión nterpretado por Ramón Valdéz) pero como no tenía ningún gran otro defecto físico digno de inmortalizar y por lo demás, casi todos caminábamos igual, preferimos transformar su apodo de “El Peterete” a “El chupeterete” por su forma irresponsable de beber con la cual nos hacía reír a todos porque se quedaba tirado en cualquier esquina o en cualquier mesa y a veces hasta se meaba en sus pantalones. Pero como dije, el Tili era un tipo demasiado miedoso y extremadamente amable. Cuando estaba borracho, es decir, casi todos los días, se ofrecía a ir a comprar los combos y después de la primera botella, se iba disimuladamente a un rincón de la plaza y se quedaba mirando el piso para después ponerse a llorar. El único que lo consolaba era el Huesito, que no sabemos qué es lo que le decía, pero después de unos minutos lo traía de regreso al grupo que fumaba y chupaba sin ninguna otra preocupación en la vida que reír a las carcajadas.

Cuando alguno de nosotros le preguntaba que le pasaba o por qué estaba llorando, siempre respondía que no le pasaba nada, que tenía un poco de pena por su hermana y cuando empezaba a hablar de su hermana, todo el ambiente se podría y se iba a la mierda. Ni bien escuchábamos el nombre Maribel, todos cambiábamos de actitud y preferíamos cambiar de tema, cada cual por una razón diferente.

Por ejemplo, cuando el Huesito escuchaba el nombre “Maribel” se ponía a darle pitadas más seguidas a su cigarrillo y empezaba a mover nerviosamente su pierna derecha. Después quería cambiar de tema a como de lugar. Empezaba a hablar de futbol, de películas, de otras mujeres, de las últimas peleas del grupo, del frío que hacía sin ser invierno todavía o hablaba de lo que sea. Y si el Huesito hacía eso, era porque una noche de esas que lo estábamos reventando con un palo de picota a un tipo en una esquina de la plaza, vino la Cana y nos llevó a todos a la Pando; bueno, a todos menos al Huesito y a la Maribel, que simulando ser una parejita de arrechos destechados que no tienen dónde ir a curar sus calenturas, se pusieron a besarse y a relajear debajo de un árbol ante la pasiva y morbosa mirada de los policías que de rato en rato volvían al camión para insultarnos y darnos de toletazos. Un teniente, cansado del espectáculo les dijo que esta prohibido copular en calles, callejones, plazas y anexos y que si no se iban los iba a cargar, así que de puro miedo –según el Huesito- se fueron a casa de la Maribel, mientras los changos y yo nos íbamos en un camión de la policía directito a las celdas más horrendas de todas las estaciones policiales. El pobre Huesito estaba enamorado de la Maribel y la Maribel estaba e-na-mo-ra-di-si-ma del Gordo mal parido, el cual la evitaba y no la quería ni ver, porque la Maribel andaba diciéndole a todos que el gordo era su marido, su novio y el padre de su hijo. Todo esto lo volvía loco al Gordo que ni pegándole le había quitado la costumbre de que la Maribel le diga “Mi amor”

En cambio yo no le hablaba primero porque no me interesaba la vida de la Maribel y segundo, porque no le tenía confianza ya que se pasaba la vida haciendo cosas para caerme bien y que yo le convenza al Gordo de que esté firme con ella y sobre todo y por último, no le hablabab porque siempre que podía la hostigaba a la Leny y los ojos de la Leny eran mis ojos y cuando la Leny lloraba el mundo se acababa, y como quiérase o no, el perro del Gordo era casi el dueño de la Leny, no me quedaba otra que jugar en ese triángulo de tres bandas con la boca callada.

¿Qué tal, como estaba el chango? Ante la pregunta del Gordo, el Manuel bajo la cabeza y se hizo como que buscaba un cigarrillo en el bolsillo de la chaqueta. La puta pintarrajeada estaba repintándose los labios y después de esconder una bolsa de kleenex en sus tetas, frunció la nariz y nos dijo “facilito, Tili es todavía” y se fue. El Gordo, el chivo y yo nos miramos las caras y después nos cagamos de risas a grandes carcajadas gritándole al Manuel ¡Tili, yastá tu chapa, ahora eres el Tili! Y el Manuel creo que quería llorar, o tal vez no, la cosa es que estaba serio y se me ocurre que de repente él sabía que el Manuel se había ido para siempre con su polvo de dos minutos. Se había ido para siempre jamás.

Afuera, el negrote seguía durmiendo en la silla y recién me di cuenta de que estaba acabadamente borracho cuando los chicos le quitaron el palo de escoba que tenía en la mano derecha y se la pusieron en medio de sus piernas, así que cualquiera que pasaba por ahí, se cagaba de risa porque parecía un tipo con una pija de un metro a punto de darse una “autochupadita” como decía el Chivo.

Bueno, es gracioso cuando la gente empieza a hacer conjeturas de las cosas que no sabe y uno íntimamente se sabe las respuestas que atormentan sus cabezas. Estaba almorzando en un restaurante lleno de escolares y madres solteras, divorciadas o abandonadas (casi no habían hombres) las viejas que comían a mi lado miraban horrorizadas la Televisión y todas decían: “¿pero, por qué le dirán Tili, no? Si es bien grandote ese maleante, mira a ver, los policías le llegan a los hombros” yo también estaba sorprendido de cuanto había cambiado el Tili en esos 14 años que no lo había visto. Claro, cuando lo llevamos al burdel para que debute y se descartuche era a fines de 1992. En ese entonces el Tili tenía 15 años y yo 17. Casi 3 años después, un día de diciembre de 1995 todo se pudrió y la Batería se fue a la mierda. El Gordo andaba luchando con el fantasma de “El Fantasma” un tipo que llegado de Estados Unidos lo había destronado como el tipo y el pandillero más malo de la ciudad. El Fantasma lo perseguía, lo volvía loco, tal vez más que la policía. El Fantasma era su obsesión y el gordo ya estaba enflaqueciendo de miedo y de no poder dormir.

El 95 el Tili ya era un delincuente de marca mayor, así que hoy, 14 años después,no me extrañaba que esté siendo exhibido en los noticieros de medio día como un perro peligroso. Ya iba por el sexto asesinato y cayó denunciado por una prostituta que, cansada de sus amenazas y extorsiones, lo denunció y ahora el Tili volvería a la cárcel por quién sabe cuánto tiempo.

La sopa estaba fría y la gente murmuraba y se preguntaba porque al Tili le decían Tili, por qué se había vuelto tan malo y sanguinario, por qué, por qué. Yo sabía por qué, pero ya era suficiente perder el apetito por estarse acordando cosas que eran mejor olvidar.