domingo, diciembre 27, 2009

Manifiesto del sin quibo

La vida tal vez debería llamarse otra cosa. Tal vez con otro nombre dejaría de oscilar entre el tiempo y las circunstancias. Los hijos somos hijos del tiempo, parientes lejanos de Dios, engendros de la tierra (como la papa) y ocasionales inquilinos de la luna.

¿Pero qué nombre ponerle a la vida sinos?  Vida nos remite sin remedio alguno a vivir, término el cual nos hace levantar de la cama cada día a fin de evitar la muerte, ya sea esta por: asfixia, envenenamiento, aburrimiento, colisión múltiple, infarto del miocardio, hemorragia intestinal masiva por órgano fosforado o proyectil de alto poder destructivo; y si gozamos de peor suerte por ataque alevoso de pitbull o mosaico malamente enjabonado.

Lacán decía sabiamente (en un francés muy fluido) que el goce no era otra cosa que el cumplimiento de una satisfacción que no conlleva bienestar. Es decir que la vida es gozar; tal como la salsa.

Nadie goza de la vida, sin embargo todos temen –tememos- morir. Todos gozan del gozo y para no poner complicado este manifiesto, el gozo es romperse la madre viviendo para morirse. Hasta aquí ninguna novedad. Cualquier alumno de psicología podría decir lo mismo de borracho o para llenar algún examen de autoevaluación.

Entonces vamos… ¿Quiénes vamos?  Voy a insistir que no se debe usar la palabra vida, ya sea por el sano impulso de evitar el masoquismo o para evitar enemistarnos con estas dilecciones filosóficas que es asunto de pajeros de gafas grandes. Para terminar este triste alegato debo decir que vivir es otra cosa que la vida.

 La vida es la condena y vivir es un suplicio desde donde no se vislumbra el final y aunque se le teme, ni siquiera se sospecha de él y por eso toda muerte es perfecta.

¿Entonces vivir es la vía crucis y la vida es el monte calavera y punto?

No. Si la cosa fuera tan fácil, no existirían crucificados ni eso de persignarse por si acaso cada vez que uno pasa en frente a alguna virgen,  porque vírgenes lo hemos sido todos alguna vez, ya sea de orificio o pensamiento (ahora que lo releo también de oficio ¿por qué no?). Y como éramos unos seres angelicales y cartulinas, la impureza nos esperaba a la vuelta de la esquina, con esa lascivia típica de los demonios que nos invitarla a conocerla… y la impureza no se presentaba, no era necesario ya que era vieja conocida y no por ser vieja era fea. La cosa es que nuestros pensamientos impuros que nacen con un inocente jugueteo de pilines y sus equivalentes femeninos, se van transformando a lo largo de nuestra vida en lo que después se vino a llamar el “leit motiv” de nuestras miserables existencias.

¿Cuál será ese leit motiv? ¿Coger así a secas? ¿Tirar a diestra y siniestra? ¿Agujero es agujero aunque de carabinero?. No, tampoco así aunque un poco sí. Me explico: En una película de mafiosos, el jefe mafioso dice con voz ronca y rasposa: con el poder viene el dinero y con el dinero, las  mujeres; habemos muchos sin embargo, que no estamos dispuestos a ser protagonistas de tiroteos, balaceras, emboscadas, volteos, ajustes de cuentas y otros complejos asuntos del hampa, sólo por el sano afán de perpetuar la especie o por lo menos de intentarlo con nuestros modestos esfuerzos.

Ahora que ya tenemos tomada la decisión de que la especie humana siga campeándose por el planeta hasta que el calentamiento nos ponga fin (paradójicamente, el calentamiento también es el principio de nuestra especie), queda trabajar por el dinero, trabajar mucho y a destajo, trabajar muchas veces de sol a sol, como castores japoneses; trabajar tanto que el dinero va apareciendo poquito a poco y lentamente después de titánicos esfuerzos, tal como hacia el hombre primitivo para encender el fuego: meta a frotar y frotar la varilla en el trozo de madera para que empiece a aparecer el humo y por consiguiente el fuego; así trabajamos, la plata se hace humo y el calenturamiento dura poco y las consecuencias, imprevisibles

 Así, fraternales congéneres, nos pasamos la vida en este frenético ejercicio y lo que no nos damos cuenta es que ya tenemos lo suficiente acumulado para un buen modelo (no buena modelo) de mujer, que aparentemente y a juzgar por su dentadura, la bondadosa amplitud de sus caderas y su rozagante -ultra-familiar “seno” maternal, será una buena madre que críe a los vástagos con denodada abnegación hasta que estos estén listos para abandonar el nido, dejando tras su rastro, ingratas anécdotas y a un par de ancianos, uno de los cuales, empero, aún tiene en mente –igual que su prole masculina- asegurarse el trabajo, para tener dinero que le asegure poder -para poder- aparearse por la eternidad… pero ya sabemos que la ley de pensiones en nuestro país es muy cruel, casi tanto como la ley de la vida, el reumatismo, la artritis, el Parkinson o el Alzheimer.

Entonces no me llames mi vida cuando me llames o mejor dicho, no me digas: “Hola mi vida”.

 Que  yo ya me siento lo suficientemente culpable de vivir… pero por lo menos tengo seguro.

Bueno…  esta es la clase de cosas que uno piensa en la sempiternamente atiborrada  sala de espera del dentista del seguro, justo después de que te llama tu novia para decirte: ¿Cómo estas vida? o también en la lejana mesa que habitas solitario, melancólico y que te separa de la rubia despampanante que esta a los besos con el vejete decrépito y millonario.

Año nuevo pa qué!