viernes, abril 03, 2009

Suma


En un intento desesperado por buscar el amor que se había esfumado con el tiempo, recortaba fechas de periódicos, miraba los almanaques amarillentos que indicaban esos años cuando ella aún estaba aquí…
Y olía y re-olía sus cartas y flores secas, re-miraba las fotografías hasta quitarles el color. Adivinaba la edad de los niños, pensando que por esos tiempos ella estaba ahí, a su lado. Adivinaba el tamaño de los árboles y los arbustos y se los imaginaba pequeños aún, cuando los dos caminaban por esos lugares tomados de la mano.
Preguntaba si se acordaban de él, si hubo de aumentar en arrugas o canas, si engordó más de lo debido y ella… cómo estaría… más flaca tal vez, o sus caderas finalmente se habrán desbordado para siempre jamás, no importaba…
Miraba como cambiaban las calles de la ciudad. Los nuevos puentes y avenidas abiertas ya no le decían nada, excepto que estaba completamente sólo. Nada le decían las nuevas caras que transitaban por las calles viejas, ya que inexorablemente todo había cambiado,
Todo menos él.
Y él, miraba los años que se tornaban amarillos y ajados, colgados con mil historias en viejos expedientes de procesos e informes y en esos años se perdía, en cada cifra se perdía.
Los nuevos años lo martirizaban, nada le decían, únicamente que estaba solo como un perro vagabundo y nada más. Para él cada día que pasaba, era un día más que lo separaba de ella. Así como el avance del tiempo lo alejaba, le daba la impresión de que un día atrás lo acercaba, le afinaba el olfato, el gusto, le rejuvenecía una pretérita forma de amar que estaba atada inútilmente al pasado.
Él Pensaba que el amor no se extingue en un par de años o tres o cuatro…que bien ella aún podría estar pensando en él en este preciso instante, en alguna lejanía, en algún recuerdo atrapado por una fecha, un olor, un color o un sabor cualquiera.
El tabaco, la yerba de la calle después de la lluvia, el viento del otoño en el prado y las hojas de los árboles crispando rítmicamente debajo de los zapatos, los duraznos en jugo, el incienso, el olor de las manchas de lápiz después de ser borrado, el estruendo del rio que ensordecía todos los eneros… todo tenía un recuerdo especial, particular, único e inextinguible.
Y todo era el tiempo,
todo el tiempo el tiempo…
Las canciones de un grupo alemán de la Z a la A y al revés. El cine alternativo francés, los gritos de las madres por las mañanas, los juegos de mirar extraterrestres en las esquinas… todo tenía un código especial que activaban tristes mecanismos, que oxidados y cansados trataban de explicar todos los adioses.
Los periódicos de los domingos y los perros Cooker que ladraban sin ton ni son, el olor a sal en la espalda y a sudor en los muslos… la tierra en las rodillas. Todo era un algo que existía apenas, partículas de ayer que se intentaban materializar frunciendo los seños y apretando los puños. Ayer que existía a fuerza de hacerlo existir.
Todas estas obsesiones lo estaban volviendo loco, claro, tan loco que ya le era difícil salir a la calle sin que una tromba de recuerdos, desde el miserable envoltorio de un caramelo hasta la inocente esferidad de un limón, le vengan a abofetear recordándole que ella se fue para siempre.
Un buen día, cansado de ese retumbar de latidos que no le dejaban dormir y que hacían temblar su cama; cansado de no poder caminar en la calle sin que cada sombra o silueta con un tenue parecido a ella le hagan temblar de pánico, emoción, tristeza y alegría, hizo una lista de todo lo que le recordaba a ese tiempo de antigua felicidad.
Sumado a lo que poseía, acumuló una pila de objetos tan diversos y bizarros que por un momento dudo la conveniencia de prenderles fuego o no, pero animado por un coraje repentino, decidió liberarse a través del fuego, decidió quemar todo intento de retorno y todo atisbo de esperanza. Decidió quemar todas sus cabezas, con todas sus fechas y sus calles, quemar las palabras y los colores, las sonrisas, las quietudes y las congojas.
Decidió quemarse el también. De una vez por todas hacerse humo y liberarse de tantos años de absurda opresión, culpa y angustia…
Ahora que el fuego y su densa humareda clarificaban las cosas en la tina de ese baño tercermundista, pensó que definitivamente estaba equivocado.
Pensó en su equivoco y paradójicamente en el tiempo de su engaño, porque hasta entonces para él, el amor era la suma de los segundos que hacían los minutos, y la acumulación de estos que hacían las horas, y la reunión de las horas que hacían los días y el paso de estos que formaban los meses que inexorablemente se terminaban convirtiendo en años y…que al cabo de lustros y décadas, los siglos serían los únicos testigos de esas penas, testigos mudos, de frágil memoria y desapego por el incesante latir de ese corazón.
Contemplando ese incendio pensó que el amor nada tenía que ver con el tiempo y nada tenía que ver con el reloj y menos con el calendario. A no ser que estos sean usados únicamente para medir y embellecer las angustias, el amor nada tenía que ver con los proverbios, los refranes ni la autoayuda y nada tenía que ver con el horóscopo dominical o los consejos de otros caídos en guerras del amor.
El amor para el ese momento era sólo eso: un momento, fugaz e inconmensurable a la vez, un momento carente de dudas y abundante en certezas. El amor era humo que impregnaba lo que tenía a su alcance y no por eso permanecía. El amor era fuego que transformaba, que redimía, perdonaba y liberaba,
el amor era libre y liberaba.
Pensó entonces en lo inútil de querer saber del amor siendo que este era tantas cosas y ninguna. Pensó que esa conclusión no le ayudaba a extinguir ese algo que se inflaba y desinflaba en su vientre y que a veces le apretaba el corazón,
Pensando y pensando, el tiempo era el tiempo, y nada era él ante esa dimensión absoluta que se llamaba olvido. Nadie era él para impedirle al olvido que haga su tarea, para ser blanco en el blanco o un parpadeo atropellado por los limbos de la eternidad que se sumaba a cada paso del minutero que inexorable avanzaba a la nada.
Era una insignificante criatura a merced del segundero, tic, tac, tic, tac,
Un intento de suspiro en la historia del tiempo… y a cada instante, eso que él creía su ser, era hundido irremediablemente y para siempre en ese pantano.
Que tal vez sólo por piedad, nada tiene que ver con el amor,
Porque el amor nada tiene que ver con el olvido.

3 comentarios:

ocoro dijo...

ESPECTACULAR!! se me acabaron las palabras, me quedo con la frase: un momento carente de dudas y abundante en certezas.
que bueno leerte!

Perro con Rabia dijo...

Aimara: Gracias por tus palabras.
Las certezas a veces duran muy pocos y las dudas son eternas, la vida al reves no más.
Saludos.

Sandra dijo...

uuuuuuu muy cursi.. me ha hecho recuerdo a mi amiga que sigue pensando en su ex y que lo sigue idealizandoy yo le digo MOVE ON!