jueves, mayo 05, 2011

Ausencias Deseadas.

Para mí la dictadura era algo así como que el país estaba en guerra, la cosa es que no sabía contra quién era la guerra. A los 4 años las cosas son medio difusas, los sueños no son tan sueños y la resbalosa realidad no es tan realidad. Digamos que nuestra capacidad reflexiva, suele agudizarse cuando la depresión o algún tipo de desesperación nos aprietan el cuello con sus malévolas uñas que traen la mugre del ayer infectándonos las heridas.
Mi viejo era militar… ese era el problema según yo. Así que todo intento de definir algo relativamente objetivo en la historia de mi país, se veía la cara con el recuerdo de mi padre dando vueltas por ahí con la chaqueta verde plomiza y con una ametralladora colgada en el hombro.
Entonces ¿contra quién era la guerra? ¿Quiénes eran los enemigos del país?
A decir de mi padre, los Troskos (troskistas) eran los primeros y los peores; les seguían de cerca los comunistas sindicalistas (La COB) y todos los parásitos de la izquierda que sólo buscaban arrimarse al poder para satisfacer sus apetitos de poder. Claro que eso lo decía mi viejo como para hacerme entender que esos cuerpos que salían de las ambulancias cubiertos de sábanas blancas con machas rojas y los brazos colgando en el vacío, no eran sino, enemigos nuestros; enemigos del país.
Una madrugada de 1981, el habitual silencio del barrio gráfico(ni los perros ladraban), se vio alterada por el ruidoso motor de un automóvil que se paró justo en la puerta de mi casa. Por ese entonces, vivía en un cuarto donde dormía con mis padres; teníamos una pequeña cocina que se encontraba cruzando el patio y compartíamos el baño con una familia beniana que tenían monos, tortugas, patos y casi todo un zoológico entero.
La puerta se abrió. Mamá fingió hacerse la dormida, igual que yo; lo sé porque la vi sentarse en su cama cuando abrían la puerta de la calle. El resplandor de la lámpara del velador iluminó el ropero. Abriendo un solo ojo, pude ver por el espejo a mi papá descolgándose la correa de la ametralladora, colocándola después encima de la mesa donde estaba el televisor. Se quitó el cinturón con la cartuchera; se acostó al lado de mi madre después de quitarse la botas y se durmió vestido.
Yo me levanté para ver la ametralladora, para verla de cerca: el cañón tenía muchos huecos, la toque, estaba tibia.
Quién era el enemigo si nosotros también éramos pobres.
Vi multitudes corriendo por todas partes. Tal como si el mundo entero se hubiese vuelto loco. Me gustaba dar vueltas con mi triciclo de metal en la plaza Villarroel, aunque a decir de mi vecino Walter, ya tendría que aprender a manejar bicicleta.
Walter vino corriendo y agitado a decirnos que el nuevo presidente había llegado y que iba a hablar en la Plaza San Francisco; me tomó de las manos y me subió triciclo y todo a un camión lleno de gente que gritaba y cantaba. Sus hijos eran mayores que yo, por eso me llevó en sus hombros diciéndome que salude, que grite: ¡bravo, viva Bolivia! ¡Viva el conejo Siles!
Cuando volví a casa, vi mucha ropa encima de la cama y a mi mamá guardando un montón de papeles en un sobre de papel madera mientras escuchaba la canciónón:"Quiero dormir cansado" del mexicano Emanuel.
Mi papá desapareció meses, muchos meses. Mi mamá me decía que mi papá estaba en Brasil. Desde Corumbá le llegaban fotos y cartas que mi mamá leía llorando con la luz de la lámpara del velador mientras yo me hacía el dormido.
Para mí era mejor que el viejo no regrese… vivir con miedo es la peor experiencia que puede pasar un humano, o mejor dicho la espalda, los pies, los brazos y la cara de un humano.
Para mí hubiese sido mejor que no vuelva; pero volvió, y con él, la dictadura, pero por suerte sólo a mi casa. En vacaciones mi papá me hacía usar un uniforme azul. Lo usaba todo el invierno para lavar las gradas a las 7 de la mañana y al terminar, empezar a estudiar historia también lo usaba para recoger las pelusas de la alfombra del cuarto de mis papás mientras recitaba la tabla de multiplicar.
La disciplina, decía mi papá, era la única forma de vencer a la mediocridad y la mediocridad era la enfermedad de la nación. Por las tardes me gustaba leer Julio Verne porque de noche soñaba que mi cama era un submarino y mi perro scrufy se convertía en un pulpo gigante; podía volar a cualquier lugar.
En el ínterin de esta infancia, el país se caía a pedazos. Mi mamá me llevó a las reuniones de la junta vecinal de la Zona Gran Poder, porque si no ibas, no recibías las fichas que te daban para poder comprar ocho panes por familia. Por ese entonces, uno tenía que hacer fila para el pan cada vez más temprano y las familias tenían que recurrir más al ingenio para reemplazar el azúcar, la harina, el arroz...
A decir de la gente en la calle, había que comprar saquillos más grandes para guardar la plata que era puro papel… o como decía el chofer del microbus: “que importa cuanto te vaya a dar de cambio, si al final todo esto sólo es papel... sólo papel” y metía la mano en un saco lleno de billetes de todos los colores, repartiendo cualquier billete a quién sea.
Bienvenidos a Bolivia, donde los pobres tenemos una cholita de empleada y el pan cuesta 1.500 pesos. Donde se inventaron los cheques de gerencia por 1000.000 de pesos. Bienvenidos al país de la Unión Democrática y Popular, al país de la izquierda, aquí donde Silvio se excusa de venir por la altura, pero igual lo queremos.
Mi papá se murió un año después de que el gobierno de Izquierda sucumbió al modelo “Neoliberal”.
Pero antes de morir, tuvo tiempo de ver a los mineros marchar a La Paz. Tuvo tiempo de ver la relocalización de miles de mineros que se fueron a vivir a El Alto.
Tuvo tiempo de explicarme la mística Nazionalista y los símbolos de la Acción Democrática Nacionalista ADN: la flecha tricolor; Orden, Paz y Trabajo.
El viejo murió un 23 de diciembre de 1986. Nos pasamos noche buena mirando su ataúd. Yo no lloré, sólo tenía la convicción de que esta vez, él ya no volvería.
Algunas veces le cuento esto a mi psiquiatra: yo no odio a mi padre… es imposible odiar a alguien que te presenta a Julio Verne y te enseña a soñar, sólo que me alegro mucho de no ser como él y más me alegra, no acordarme de su cara y nunca soñar con él.
Para llegar a esta conclusión he tenido que atravesar días, ideas, caras, gentes, noticias, lágrimas, sonrisas y heridas infectadas… otra vez la malévola historia que nos aprieta el cuello con sus uñas sucias.
Recuerdaba todo esto mientras estaba en la fila para emitir mi voto el domingo 6 de diciembre de 2009; ahora que el viejo debe ser el polvo del polvo, como aquel que se acumula en los libros que nadie lee, en los muebles que ya nadie acaricia.

...La fila era larga, muy larga.
-¿Cómo apellidas?
-Martínez Torrez
- yo apellido Marquez… ¿sabes porque esta tan larga la fila?
-no, ¿por qué?
-Estamos jodidos, ahora las listas electorales son por orden alfabético… La "M" está llena de indios; está llena de Mamanis… hemos cagado hermano, así va a ser toda nuestra vida.

Yo pienso en mi viejo y…
Sólo sé que no va a volver… aunque a ratos se esfuerce y su fantasma ande de aquí para allá, con ametralladora y todo, pero yo sonrío y sé, seguro que no va a volver.

Nunca Más.


*Este post está concursando en la campaña Convivir, Sembrar Paz, te invitamos a comentarlo, votar por él desde el 7 de Mayo y también escribir un post propio en tu blog para participar del concurso. Entérate de las bases, ingresa a http://www.serbolivianoes.org.bo/bases-concurso-bloguers/

0 Comentan la increible y absurda vida de...: