Basta de cuentos.

Una vez, conocí a un hombre que se la pasaba acordándose de todo y nada sin motivo, aunque sépalo bien: nada es sin motivo, al menos, sin motivo aparente. Así que este caballero, como no tenía trabajo, se pasaba los días en bibliotecas, las noches en las cantinas y las madrugadas en las calles. Como este vagabundo caminante no tenía trabajo, ni oficio que le diera beneficio, consumía su miserable existencia en la soledad, el trago y los recuerdos de una niñez tormentosa. Debido a que el gobierno de su majestad Morales asaltó el poder súbitamente, llegó a la triste conclusión de que las cosas para él no iban a mejorar, por lo menos no en esta vida; vio que era mejor ponerle fin a su miserable existencia y para asegurarse de no fallar en el intento quedándose parapléjico o algo peor, decidió prenderse fuego después de tomar raticida al tiempo que saltaba por el puente de Las Américas. Todo estaba listo, pero había un problema: La carta póstuma. Como sea que a este cuate le gustaba lee...