sábado, marzo 20, 2010

El fanático


La vista de la ciudad desde la altura de Pampahasi siempre es triste, no tanto porque desde allí nunca se podrá mirar el Illimani y sentir esperanza por los que vendrán y ternura por los que ya casi se van, sino porque en el horizonte, en la ladera que sube hasta El Alto, se encuentra omnipresente eso que los viejos paceños llamaban “la cuesta que un día todos vamos a subir”: el camino al Cementerio General de La Paz.

Las luces se encienden de una en una a eso de las seis, cuando el sol se va al mar allá en el Pacífico y cuando ya todo es oscuridad y las montañas que nos protegen desaparecen de todas las visiones desnudando las debilidades de nuestro espíritu. Entonces, cada luz nos recuerda un día y cada día una persona, y cada persona nos suspende el aire, nos cristaliza los ojos, nos anuda la garganta, silencia las risas, asesina las intenciones de las palabras: a veces su recuerdo nos hace llorar.

Es entonces cuando quedamos solos con el viento helado de la noche y la lagrima congelada. Con el recuerdo paralizado y las piernas adormecidas.

Yo soñé que el Fernando “Jakonta” Rojas, tocaba un tango a ratos medio triste y a ratos medio alegre en el acordeón. Soñé que me enseñaba sus secretos… que me susurraba en la oreja la historia del chuflay, de los muertos que viven en los edificios del centro y de las grandiosas peceras de los ricos. Soñé que su espeso bigote rejuvenecía mágicamente y que su cuerpo se recomponía. Soñé que como en esos años cuando trabajábamos en un bar de por ahí, vestíamos de blanco, y teníamos lista las bandejas para atender a los invitados. Soñé que bailábamos completamente borrachos y que ninguna alegría nos alcanzaba.

En la madrugada, al cerrar el bar, contaba sus monedas y encendía un cigarrillo, metía las manos en los bolsillos de la chaqueta y empezaba a contar todas las historias del mundo. Caminábamos hasta el mercado Yungas, a veces apoyados en las paredes, a veces dando dos pasos atrás y uno adelante, a veces gritando alguna canción u otras amargamente callados. Nuestro destino: el comedor del Mercado Yungas; la cuna de las historias de la guerra del chaco y de la revolución del 52, el templo de la Jakonta y la llajwa. Viejo recinto donde todos los seres nocturnos nos volvíamos familia y nos inventábamos las glorias y las tragedias más grandes del mundo, esperando ser escuchados o consolados; el lugar donde salvábamos el mundo con divagante balbuceo y solida testarudez repartiendo carajos por aquí y por allá.

Un día, en el minibús no me quisieron cobrar pasaje: “Mi jefe dice que no le cobre joven” – ahhh ¿y quién es tu jefe pues? – don Fernando es…

En el retrovisor, sus ojos brillaban como cachinas y su bigote le daba a su risa ese tono burlón de siempre, no por nada los otros choferes le decían “Don Ramón” o directamente Monchito. Después de restregarme las últimas victorias de su equipo y de reírse de las ruinas del mío, nos despedimos con las palabras de siempre: “a ver cuando hacemos algo”

En ese entonces, Don Fernando “Jakonta” Rojas trabajaba de chofer de minibús. La última faceta de un hombre que ha sido Mecánico, Carpintero, Electricista, Plomero, Albañil, Ocasional ingeniero, Perfilador de Aluminio (el primero y el mejor según muchos) Vidriero y Fabricante de peceras; Maestro panadero, Pastelero, Carnicero, Parrillero, Mesero, Barman, Disc Jockey, Contrabandista de autos y chofer de minibús.

Conocedor, amante y sobre todo Fanático incondicional de La Paz, de los valles de Luribay, de la marraqueta, de la llajwa, de la Jakonta y el Thimpu; del Stronger, del Derby anaranjado, del chuflay, de la  cerveza Paceña, del Tango Illimani y los del Polaco Goyeneche; de Pink Floyd, de Deep Purple y las morenadas del Jacha Flores, de las motos Jawa, de escuchar chistes de curas y abogados e historias de la guerra… de mirar el camino al cementerio general desde las alturas de Pampahasi. Fanático de la vida, de la pena y el amor. Fanático del recuerdo.

Soñé que el Fernando tocaba el acordeón; un tango a ratos medio triste y ratos medio alegre y que bailábamos completamente borrachos, soñé que con la camisa blanca y el chaleco negro atendíamos una fiesta con el Leo y el Jesús y que después...me contaba sus secretos. 

Vino a despedirse de mí, lo supe después de la llamada que recibí de su sobrino esta mañana.

3 comentarios:

La MaJo dijo...

hermano hermoso!!
primero q nada! gracias, gracias por todo lo vivido hasta ahurita... y eso q no es mucho, pero por lo menos nuestro singani en oruro!!!
gracias pro las felicitacines!!
che, q capacidad para narrar... es tan hermoso como escribes estas cosas, q ya estoy sintiendo muchas otras en lapaz, y afines...
pucha. sigo leyendo pues... sigoooo!!!
mil amor pra voce

la majo

Perro con Rabia dijo...

Majooo. Salud y hasta pronto pronto pronto.
En Oruro me he despertado caminando con una caja de pizza en la mano, no sabía donde estaba ni quién era ajajaja.
Besos.

Anónimo dijo...

Sorry for my bad english. Thank you so much for your good post. Your post helped me in my college assignment, If you can provide me more details please email me.