El fanático

La vista de la ciudad desde la altura de Pampahasi siempre es triste, no tanto porque desde allí nunca se podrá mirar el Illimani y sentir esperanza por los que vendrán y ternura por los que ya casi se van, sino porque en el horizonte, en la ladera que sube hasta El Alto, se encuentra omnipresente eso que los viejos paceños llamaban “la cuesta que un día todos vamos a subir”: el camino al Cementerio General de La Paz. Las luces se encienden de una en una a eso de las seis, cuando el sol se va al mar allá en el Pacífico y cuando ya todo es oscuridad y las montañas que nos protegen desaparecen de todas las visiones desnudando las debilidades de nuestro espíritu. Entonces, cada luz nos recuerda un día y cada día una persona, y cada persona nos suspende el aire, nos cristaliza los ojos, nos anuda la garganta, silencia las risas, asesina las intenciones de las palabras: a veces su recuerdo nos hace llorar. Es entonces cuando quedamos solos con el viento helado de la noche y la lagrima c...