Un infinito

Eran dos gordos que se querían con locura, es verdad, pero cómo nada es completamente “tan así”, cómo que uno pueda vagar por el mundo queriéndose impunemente y a tientas, ese cariño le molestaba a las esbeltidades, que eran unas diosas odiosas que creaban la bruma del invierno en las carreteras montañosas y la espuma de los mares en el que los suicidas depresivos se diluían hasta volverse burbujas miserables que nunca alzaban vuelo. Eran unas diosas envidiosas, eso también es verdad, pero no sólo eso, sino que también hacían alardes de importancia creyéndose las madres putativas de los fantasmas y de algunas estrellas de rock. Aunque ellas –las diosas- acechaban a los enamorados con sus soplidos polares de noche y de día, ellos –los gordos- se fascinaban por la escarcha que se le pegaba a las penas los días de solsticio. Al no ser jactanciosos y sin sentirse mejor por ello, prendían y soplaban velas a todos los santos que olvidaba la heroicidad del santoral, congratulándose por co...