miércoles, abril 11, 2012

El tire de gracia.

El Manuel Pedraza alias “El Tili” se ganó su apodo después de conocer a una puta gorda y pintarrajeada que lo atendió una noche en la cual, preocupados por su muy probable maruléz, lo llevamos a los burdeles de Villa Rosales para que se confirme varón.

Después de regatear en varias casuchas de citas llenas de vendedores de cigarrillos y chicles a lo largo de una calle plagada de borrachos, taxistas, vendedores de videos pornográficos y Maca (el viagra andino) encontramos un burdel de dos pisos que en la puerta tenía una gran lámpara roja y el sugestivo nombre de “El Paraíso In”. Después de una breve discusión con los changos, sobre la conveniencia de entrar o no al Paraiso In, decidimos que nada perdíamos preguntando, ya que al fin y al cabo esta era una cotización y punto. Algunos decidieron esperar fumando en la calle,temerosos d que el negro grandote que dormitaba en una silla en la puerta con un palo en la mano, despierte y nos vaya a cagar a palazos. Al entrar, recibimos la impactante bienvenida de un penetrante olor a medias sucias y patas de peregrinos. El paraíso In a pesar de verse un poco más decente y limpio, resultó - contra todo pronóstico- mucho más barato que los otros establecimientos de la misma calle. Las paredes del salón principal, estaban tapizados del piso al techo con posters de mujeres desnudas y uno que otro héroe de la lucha libre gringa. Alrededor de una vetusta estufa de gas, un montón de sexoservidoras bailaban unas cumbias mexicanas súper antiguas, monótonas y aburridas. Todas ellas hablaban y reían a los gritos y observaban a los potenciales clientes, que, como buitres, habíamos hecho un círculo alrededor de ellas. Al final, los dos círculos bailábamos alrededor de la estufa que era el centro del universo.

El Tili, me dijo que tenía ganas de vomitar y yo le dije que vomite después de tirar, ¡que no sea maricón carajo! En el círculo, ubicamos un par de rubias teñidas que se nos antojaban las más bonitas. Nos acercamos, todas vestían trajes de baño de una pieza o coquetos bikinis de color fosforescente. Ya de cerca me pude percatar que debajo del traje de baño, usaban pantimedias color piel y que mientras bailaban, la luz negra de la pista de baile les resaltaban las cinturas rollizas y la abundante caspa de su cabello que brillaban en sus cabezas como luciérnagas diminutas. Por un momento sentí un poco de pena por ellas y por mí también.

¿Qué hacíamos ahí? Hasta ese día, el Tili no tenía un apodo definido e infructuosamente él mismo se había buscado uno que le agrade, ya que el hecho de llamarse simplemente Manuel Pedraza, no le decía nada a nadie. Algunos querían decirle “El Peterete” por su forma de caminar (igual que el personaje de televisión nterpretado por Ramón Valdéz) pero como no tenía ningún gran otro defecto físico digno de inmortalizar y por lo demás, casi todos caminábamos igual, preferimos transformar su apodo de “El Peterete” a “El chupeterete” por su forma irresponsable de beber con la cual nos hacía reír a todos porque se quedaba tirado en cualquier esquina o en cualquier mesa y a veces hasta se meaba en sus pantalones. Pero como dije, el Tili era un tipo demasiado miedoso y extremadamente amable. Cuando estaba borracho, es decir, casi todos los días, se ofrecía a ir a comprar los combos y después de la primera botella, se iba disimuladamente a un rincón de la plaza y se quedaba mirando el piso para después ponerse a llorar. El único que lo consolaba era el Huesito, que no sabemos qué es lo que le decía, pero después de unos minutos lo traía de regreso al grupo que fumaba y chupaba sin ninguna otra preocupación en la vida que reír a las carcajadas.

Cuando alguno de nosotros le preguntaba que le pasaba o por qué estaba llorando, siempre respondía que no le pasaba nada, que tenía un poco de pena por su hermana y cuando empezaba a hablar de su hermana, todo el ambiente se podría y se iba a la mierda. Ni bien escuchábamos el nombre Maribel, todos cambiábamos de actitud y preferíamos cambiar de tema, cada cual por una razón diferente.

Por ejemplo, cuando el Huesito escuchaba el nombre “Maribel” se ponía a darle pitadas más seguidas a su cigarrillo y empezaba a mover nerviosamente su pierna derecha. Después quería cambiar de tema a como de lugar. Empezaba a hablar de futbol, de películas, de otras mujeres, de las últimas peleas del grupo, del frío que hacía sin ser invierno todavía o hablaba de lo que sea. Y si el Huesito hacía eso, era porque una noche de esas que lo estábamos reventando con un palo de picota a un tipo en una esquina de la plaza, vino la Cana y nos llevó a todos a la Pando; bueno, a todos menos al Huesito y a la Maribel, que simulando ser una parejita de arrechos destechados que no tienen dónde ir a curar sus calenturas, se pusieron a besarse y a relajear debajo de un árbol ante la pasiva y morbosa mirada de los policías que de rato en rato volvían al camión para insultarnos y darnos de toletazos. Un teniente, cansado del espectáculo les dijo que esta prohibido copular en calles, callejones, plazas y anexos y que si no se iban los iba a cargar, así que de puro miedo –según el Huesito- se fueron a casa de la Maribel, mientras los changos y yo nos íbamos en un camión de la policía directito a las celdas más horrendas de todas las estaciones policiales. El pobre Huesito estaba enamorado de la Maribel y la Maribel estaba e-na-mo-ra-di-si-ma del Gordo mal parido, el cual la evitaba y no la quería ni ver, porque la Maribel andaba diciéndole a todos que el gordo era su marido, su novio y el padre de su hijo. Todo esto lo volvía loco al Gordo que ni pegándole le había quitado la costumbre de que la Maribel le diga “Mi amor”

En cambio yo no le hablaba primero porque no me interesaba la vida de la Maribel y segundo, porque no le tenía confianza ya que se pasaba la vida haciendo cosas para caerme bien y que yo le convenza al Gordo de que esté firme con ella y sobre todo y por último, no le hablabab porque siempre que podía la hostigaba a la Leny y los ojos de la Leny eran mis ojos y cuando la Leny lloraba el mundo se acababa, y como quiérase o no, el perro del Gordo era casi el dueño de la Leny, no me quedaba otra que jugar en ese triángulo de tres bandas con la boca callada.

¿Qué tal, como estaba el chango? Ante la pregunta del Gordo, el Manuel bajo la cabeza y se hizo como que buscaba un cigarrillo en el bolsillo de la chaqueta. La puta pintarrajeada estaba repintándose los labios y después de esconder una bolsa de kleenex en sus tetas, frunció la nariz y nos dijo “facilito, Tili es todavía” y se fue. El Gordo, el chivo y yo nos miramos las caras y después nos cagamos de risas a grandes carcajadas gritándole al Manuel ¡Tili, yastá tu chapa, ahora eres el Tili! Y el Manuel creo que quería llorar, o tal vez no, la cosa es que estaba serio y se me ocurre que de repente él sabía que el Manuel se había ido para siempre con su polvo de dos minutos. Se había ido para siempre jamás.

Afuera, el negrote seguía durmiendo en la silla y recién me di cuenta de que estaba acabadamente borracho cuando los chicos le quitaron el palo de escoba que tenía en la mano derecha y se la pusieron en medio de sus piernas, así que cualquiera que pasaba por ahí, se cagaba de risa porque parecía un tipo con una pija de un metro a punto de darse una “autochupadita” como decía el Chivo.

Bueno, es gracioso cuando la gente empieza a hacer conjeturas de las cosas que no sabe y uno íntimamente se sabe las respuestas que atormentan sus cabezas. Estaba almorzando en un restaurante lleno de escolares y madres solteras, divorciadas o abandonadas (casi no habían hombres) las viejas que comían a mi lado miraban horrorizadas la Televisión y todas decían: “¿pero, por qué le dirán Tili, no? Si es bien grandote ese maleante, mira a ver, los policías le llegan a los hombros” yo también estaba sorprendido de cuanto había cambiado el Tili en esos 14 años que no lo había visto. Claro, cuando lo llevamos al burdel para que debute y se descartuche era a fines de 1992. En ese entonces el Tili tenía 15 años y yo 17. Casi 3 años después, un día de diciembre de 1995 todo se pudrió y la Batería se fue a la mierda. El Gordo andaba luchando con el fantasma de “El Fantasma” un tipo que llegado de Estados Unidos lo había destronado como el tipo y el pandillero más malo de la ciudad. El Fantasma lo perseguía, lo volvía loco, tal vez más que la policía. El Fantasma era su obsesión y el gordo ya estaba enflaqueciendo de miedo y de no poder dormir.

El 95 el Tili ya era un delincuente de marca mayor, así que hoy, 14 años después,no me extrañaba que esté siendo exhibido en los noticieros de medio día como un perro peligroso. Ya iba por el sexto asesinato y cayó denunciado por una prostituta que, cansada de sus amenazas y extorsiones, lo denunció y ahora el Tili volvería a la cárcel por quién sabe cuánto tiempo.

La sopa estaba fría y la gente murmuraba y se preguntaba porque al Tili le decían Tili, por qué se había vuelto tan malo y sanguinario, por qué, por qué. Yo sabía por qué, pero ya era suficiente perder el apetito por estarse acordando cosas que eran mejor olvidar.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

http://site.ru - [url=http://site.ru]site[/url] site
site

Anónimo dijo...

http://site.ru - [url=http://site.ru]site[/url] site
site