CADAVER "Caro Data Vermibus" (Carne Dada a Gusanos) Era rubia y pecosa. También era alta y un poco encorvada, eso, no impedía que uno note su cuerpo bien formado y sus bonitos dientes, que por lo tanto le daban una hermosa sonrisa que brillaba y con la cual, encantaba a propios y extraños. Sus ojos eran verdes grisáceos y siempre estaban tristes. Tristes como el final de las tardes cuando dejaba de mirarla desde la lejanía de la ventana de mi curso y ella, parada en la lejana puerta del colegio, tomaba el brazo de su mamá y se subía a su auto marchándose entre la multitud de colegiales.
Su papá tenía fama de ser un mal tipo. Dicen que al que intentaba acercarse a su hija, lo corría a sopapos y patadas. Su mamá nunca decía nada porque siempre estaba ocupada riendo y riendo con Mariel. Así se llamaba ella: Mariel.
Siempre rodeada de adolescentes infectadas de acné y devorando papás fritas en bolsas irritantemente ruidosas, Mariel caminaba tomando el sol en el patio. Algunas chicas le tenían envidia, aunque se medían bien en no demostrarla. A otros chicos les daba asco la mancha morada que tenía en la sien, y yo, simplemente tenía ganas de hablar con ella largo rato, aunque no tenía una idea que podría decirle. Tal vez me empezó a gustar cuando supe que ella iba a morir.
Podría decirse que me perturbaba la idea de que alguien que conozca muera, pero yo apenas sabía su nombre y que estaba un grado encima de mí.
Pensándolo bien, tampoco era "tan poco" lo que sabía de ella. Gracias a un “Slam” supe que le gustaban los New Kids on The Block y Michael Jacksón; que su color favorito era el verde; que no era de mi equipo de mi futbol; que su sueño más grande era conocer Disneylandia; que odiaba las clases de química; que no tenía novio y que le gustaban los chicos rubios, altos y sinceros.
Uno de tres no está mal, decía yo en mis adentros mientras -sentado en el baño- miraba las cosas tan extrañas que la gente le escribía en el diario que le robé a su mejor amiga, aprovechando que estaban en clases de gimnasia. Ahí leí esa palabra que se repetía con alguna frecuencia: Leucemia.
Había muchachos de todas las edades que la quería mucho y en los recreos la buscaba para darle regalos o invitarle cosas. Una noche, a la hora de la cena, he preguntado que era la Leucemia y mi mamá se persignó al escuchar la palabra. Después de mucha insistencia, me dijo que era una enfermedad terminal y que no tenía cura; en ese momento, supe que estaba enamorado.
Yo la miraba hipnotizado desde la ventana de mi curso, igual que todos los miércoles y viernes en las que ella salía media hora antes que yo. Los lunes, martes y jueves, la miraba desde la esquina del colegio y podría jurar que ella también me miraba cuando pasaba en el auto de su papá.
Me quedé atolondrado cuando Mariel me saludó. yo estaba en la Dirección del Colegio buscando una citación, que en realidad era un castigo, por decirle “papanoel” a la gorda de filosofía que estaba estrenando un traje Rojo que le quedaba como carpa de circo. Vi a su mamá que hablaba con el secretario sobre el tratamiento de Mariel. Como siempre fantasiaba con ese momento en el que finalmente hablaríamos, le respondí el saludo como si la conociera de toda la vida. Claro que sentía un inmenso vacío en la panza que de momento en momento se convertía en el loco aletear de las maripositas. Por ese entonces mi apariencia era la de un perfecto mamarracho, mejor dicho: siempre he sido un perfecto mamarracho y como no tenía la más mínima esperanza de que algún día Mariel me haga caso, me dejó de importar eso de lavar mi camisa que debió ser blanca en un pasado remoto y que ahora era de un color indefinido. No me importaba mi corbata guinda que estaba cortada con tijeras en forma de hombresitos de papel que se deshilachaba cada día más y menos importancia le daba al hecho de que mi pantalón gris de tela, siempre estaba con manchas de tinta de todos los colores.
Mis profesores se cansaban de enviarme al psicólogo. Al final, sólo me importaba estar escuchando música con audífonos y no molestar a nadie. Ellos pensaban que estaba deprimido o algo peor. Todo eso lo sabía Mariel; lo sabía porque después de saludarla se me quedó mirando y riendo. Use todo mi carisma para contarle que no estaba loco ni que era un cochino, sino que simplemente odiaba el colegio.
Hablamos más de media hora sin importar la gente que pasaba y repasaba. Entonces, me dijo una de las cosas más extrañas que jamás alguien me haya dicho. Viendo que su madre estaba finalizando su conversación con el secretario, le pedí su teléfono y ella me lo dio advirtiéndome que sus papás no le comunicaban con nadie y peor si era un chico. Le pregunté si tal vez un día podríamos salir, le dije que seguro la pasaríamos bien y ella me miró con seriedad glaciar y me respondió: “No sé, no creo, la verdad es que me da miedo porque podría tener una hemorragia vaginal” Me quedé en silencio por una microeternidad. Claro, pensé que había oído mal, así es que le dije: Perdón… ¿una hemorragia qué? Y ya riéndose repitió la frase completa: “Hemorragia Vaginal”.
Si bien era cierto que yo era un crío de quince años que ignoraba por completo lo que era la Leucemia, podía suponer lo que era una hemorragia Vaginal, o al menos, después de varias noches sin dormir y de hacerme abofetear con mi madre por preguntarle las posibles causas de una de esas hemorragias, pude armarme de valor y preguntarle al psicólogo que era y a que se debían las causas de la famosa hemorragia.
Este asunto, al final terminó siendo muy perjudicial para mí, porque esta vez me enviaron a otro psicólogo donde me hicieron miles de preguntas que duraron horas infinitas que mi mamá escuchaba, mientras lloraba en silencio hundida en el sillón del consultorio. De ahí mi odio por los psicólogos.
Esa semana no tuve otro remedio que olvidarme de Mariel y sus enigmáticas palabras. Pensé que después de todo, la que debería estar siendo evaluada de la cabeza era ella, no yo, que sólo había cometido el estúpido error de enamorarme de ella y que ahora ni me miraba, ya que mi apodo en el colegio era “El Loco” y todos se burlaban de mí.
Como en ese entonces la opinión de la gente no me importaba ni mucho ni poco, iba a estudiar sólo por obligación, sabiendo que al igual que Mariel, eran nuestros últimos días en el colegio. Yo estaba oficialmente prohibido de volver el siguiente año y Mariel se iba a Chile con la esperanza de hallar un tratamiento que le alargará la vida un poco más de ese par de años que decían que le quedaba.
Un día antes de que terminen las clases, le mandé una carta que leyó rodeada de todas sus amigas y que después de ser examinada de derecho y de revés, guardó en el bolsillo de su saco azul. En esa carta le decía que lo que menos me cruzaba por la cabeza era provocarle una hemorragia en ningún lugar y que ella me gustaba mucho. Eso y nada más. Creo que no le importó mucho mi carta y me gustaría decir que es la última vez que la vi, pero no fue así.
Algunos años después, en la universidad, conocí a un amigo, se llamaba Franco y aparte de estudiar psicología, trabajaba alistando cadáveres en una funeraria de Miraflores. Franco les inyectaba formol en el cuello y les limpiaba todos los orificios para después rellenarlos de algodón. Mientras los limpiaba y los peinaba, les hablaba con cariño y les hacía mimos, les arreglaba la ropa y les cruzaba los brazos sobre el pecho después de ponerlos en el ataúd.
Si, es verdad, quién sabe si la historia de mis muertos pudo haber comenzado con mi padre y el grito que escuche la noche que lo mataron. O comezaria muchos años antes, al ver los cuerpos que estaban apilados en la orilla de un abismo en un camino a los Yungas y que mire con morbosa curiosidad y temor teniendo cinco años. Pero la verdad comenzó al ver a Mariel tendida e inerte en una fría mesa de azulejo, con los labios azules, el rostro anguloso, pálido y gris como de la luna llena. Comenzó justo al tocar sus manos frías y ver la profunda y oscura hendidura que tenía en la cuenca de sus ojos. Franco le hablaba con dulzura, se preguntaba por su nombre, y yo, me preguntaba por nuestros destinos: por este destino y la sonrisa que aún tenía en sus labios marchitos.
Nota: este cuento es la primera parte de una larga entrega y ha sido escrito escuchando ESTA CANCIÓN.
1 Comentan la increible y absurda vida de...:
Buenísimo!!!
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Saludos,
Ana Rosa
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